Por: Brigitte LG Baptiste

Parálisis radical

La crisis ambiental global ha llevado a la sociedad a producir algunas respuestas que se traducen en políticas y prácticas institucionales aún muy incompletas y obviamente controversiales. Sin embargo, todas parten obligatoriamente de una interpretación de los cambios sociales y ecológicos que se hacen evidentes en el territorio, algunos como síntomas de vulnerabilidad creciente: la desaparición de la biodiversidad y la creciente inestabilidad climática se combinan progresiva y letalmente para destruir la capacidad funcional de los sistemas de soporte vital del planeta, incluso al punto de amenazar la continuidad de lo humano en un futuro inmediato. Pero la interpretación del cambio ambiental no es unánime dados los efectos tan heterogéneos que se producen para las personas y las comunidades en diferentes escalas: no siempre un monocultivo o una hidroeléctrica son sinónimos de apocalipsis.

La dificultad para establecer relaciones de causalidad específicas entre los motores de cambio ambiental y el estado de un territorio es un procedimiento fundamental, más que para reclamar responsabilidad histórica, para definir niveles de intervención requerida para reorientar una trayectoria: transformar el manejo de la biodiversidad y el resto de factores ambientales es más importante que utilizar el espejo retrovisor, sobre todo cuando viene pegado al ego de los oportunistas, la mercancía de las redes sociales y las rencillas electoreras.

Las perspectivas más críticas de las transformaciones ambientales se concentran en “desmontar el desarrollo”, que no es lo mismo que deconstruir el concepto: deshacer infraestructura (caso Hidroituango) no es lo mismo que redireccionar la forma en que la construimos, tal vez de ahí las discusiones tan álgidas acerca de la expansión, movilidad o arbolado urbanos, la navegabilidad de los ríos, el eventual uso del fracking. El aspecto más complejo de la discusión acerca de las transformaciones ambientales tiene que ver con la percepción del riesgo de seguir cambiando para mal, de ahí que una buena parte de la sociedad esté buscando salidas hacia el pasado, una búsqueda de sitios seguros en una historia que es acordada a menudo con una perspectiva ingenua, esencialista y paralizante que desconoce el sentido positivo de la caída de la Torre de Babel, equivalente al del árbol de la abundancia que creó el Amazonas: el mundo avanza fragmentándose y reconectando en fases o secuencias que crean variación, pero nunca con la aspiración teilhardiana de reencontrarse y resolverse “de una vez por todas”.

Cortar o no cortar un árbol son opciones ambientalmente adecuadas y factibles, no son contradictorias, al menos no más que sembrar y cosechar, edificar y demoler. Es sobre lo que construimos o destruimos donde opera la idea de sostenibilidad, por lo cual es inaceptable la propuesta de cesar de actuar como opción: el crecimiento poblacional, la urbanización del mundo, las revoluciones tecnológicas son irreversibles, lo único que es posible hacer es elegir colectivamente el modo de habitar el mundo, con su respectivo momento histórico si queremos. Aun así, la conectividad natural obliga a definir el carácter de todos los intercambios: los muros en el tiempo también son inviables; es imposible pretender cambiar sin cambiar…

845989

2019-03-20T15:36:31-05:00

column

2019-03-20T16:53:33-05:00

[email protected]

none

Parálisis radical

18

3406

3424

1

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Brigitte LG Baptiste

Árboles y más árboles

Ciencia y conocimiento en tiempos electorales

Nairo, sostenible

Wendy Townsend y Mario Mejía se marcharon

Haraway & Chucho