Por: Aura Lucía Mera

Paréntesis

Esta nota sale de Ecuador, en el corazón del Cotopaxi, el volcán activo más alto del mundo. Hoy domingo, estrenando diciembre, una densa niebla lo cubre. Tal vez esté nevando en sus cumbres. El sábado al atardecer, de pronto se abrió impúdico media hora, tiñéndose de rosa mientras el sol se escondía detrás del Quilotoa, ese cráter de aguas turquesa escondido en el páramo abrupto del occidente, en medio de un paisaje sobrecogedor, casi lunar.

Leo las noticias de Colombia regularmente, con mayor objetividad, desconectada de los cientos de mensajes de WhatsApp que enloquecen al más cuerdo e impiden ver la profundidad del bosque por quedarse enredado en las ramas. Noticias verdaderas. Noticias falsas. Artículos de mala leche. Artículos objetivos. Artículos tendenciosos. Artículos azuzando la polarización, otros llamando a la cordura.

Hasta el momento, creo que Colombia ha dado un ejemplo de democracia en sus protestas, sus cacerolazos, sus cantos y sus marchas. Su decisión de protestar en paz, en memoria de ese joven, sin convertirlo en pretexto para más violencia, merece un propósito sincero del Gobierno de cambiar el ritmo multifocal que ha venido hasta ahora y se conecte más con la realidad del país, para que salga de su círculo vicioso y viciado, se aleje del fundamentalismo y se reencuentre con su propia voz, su propio camino y sus propias metas.

El descontento es real. La insatisfacción es real. La inequidad es real. Y viene desde hace muchos años, con el aditamento explosivo de un odio que se fue inoculando día tras día desde hace ocho años, generado y alimentado por el Ubérrimo contra el expresidente Santos, mientras él se la jugaba toda por la paz.

El actual presidente Duque no puede hacer milagros. No tiene la varita mágica. Pero tampoco se puede sorprender de que recibió un país enfermo de rabia. No tiene la obligación de solucionar todo, pero tiene la obligación de desligarse de su mentor y gobernar para todos. Si no lo hace, este país se le saldrá de las manos y las consecuencias serán catastróficas. Esto jamás se lo perdonaría la historia.

Desde la ventana, este domingo 1° de diciembre, miro el Cotopaxi. Está escondido, pero sé que existe y que su nieve perpetua está detrás de las nubes, brilla y desafía, hipnotiza, enamora y equilibra. Colombia también tiene la solución, el brillo, el resplandor. Está oscurecida por nubes y tormentas, tempestades y turbulencias, pero el sol está allí. Simplemente hay que permitirle que vuelva a brillar.

Todos los colombianos tenemos la obligación en este momento de impedir que el país se desboque. Ya demostramos que podemos protestar en paz. Demostramos la inconformidad, pero en este momento tenemos que respaldar al presidente. A su turno, él tiene que cambiar de equipo, desligarse de áulicos y empezar a gobernar.

Tras la ventana cubierta con una cortina oscura, está el sol. ¡Abramos la ventana! ¡Todos tenemos que abrirla! ¡Se llego la hora de la independencia y la unión!

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