Por: Alfredo Molano Bravo

París, La Habana, Bogotá

La cumbre de París ha despertado tantas ilusiones como escepticismo.

Pasa lo mismo con los acuerdos de La Habana. En una y otros habrá que deslizarnos sobre el lomo de ese quiebre de aguas. EE.UU y China, pese a ser los principales países amenazados, son a su vez los responsables de la mayoría de las megatoneladas de basura viva (CO2) que la tierra bota sobre su armadura natural, la capa de ozono. Colombia participa marginalmente de esa tragedia global que el consumismo, fase superior del capitalismo, como lo ha dicho Pepe Mujica, ha impuesto a la humanidad. No obstante, las cifras de esa participación vistas en nuestra casa no dejan de ser alarmantes: la deforestación creció en el año pasado de 120 mil hectáreas a 140 mil. O sea, en un 16% del cual el aporte de la ganadería es enorme. Son las vacas las que se comen la selva; como son ellas, también, las que se comen las mejoras que el colono le arranca al monte. La ganadería –la mayoría extensiva– abarca 40 millones de hectáreas.

En La Habana el Gobierno y la guerrilla han dado puntadas hacia el control futuro de este proceso invasivo con el argumento de que con sólo la mitad de esa superficie se podría producir la misma cantidad de leche y de carne. No obstante, cada parte está pensando en cosas distintas: la guerrilla ha acordado con el Gobierno, pese a la criminalización de las que son objeto, sacar adelante las Zonas de Reserva Campesina (ZRC), una figura legal existente (Ley 160 de 1994), mientras el Gobierno piensa en las Zonas de Interés Económico y Social (Zidres), recomendadas por la Empresa Brasilera de Pesquisa Agropecuaria (Embrapa), que creó el Cercado, política que se está haciendo a las patadas en Vichada, antes de convertirse en ley. Mientras las ZRC permitirían, dado el carácter de la economía campesina, proteger aguas, suelos y bosques, las Zidres estarán autorizadas para invadir las Zonas de Reserva Forestal, Ley 2ª de 1959. No se entiende cómo el Gobierno se ha comprometido en París reducir el “efecto de la ganadería” y en La Habana a desarrollar las ZRC, mientras en Bogotá empuja la ley que creará las Zidres, modelito que ya figura en el Plan de Desarrollo vigente y que es sin duda pieza clave de la política agropecuaria que impondrá a la fuerza, en gran medida porque con la dejación de armas de las Farc se extinguirá la inhibición de las grandes empresas agropecuarias, forestales y mineras a entrar a saco en territorios que las guerrillas han tenido bajo su control.

Pese a que las Farc se han beneficiado del cultivo de la coca, la deforestación causada por esta economía es un pálido reflejo del daño que a los ecosistemas ha hecho la minería, la ganadería extensiva, con la anuencia de los gobiernos, la codicia desaforada de las multinacionales y la complicidad de las corporaciones de desarrollo. Acaba de ser aprobada por la Agencia Nacional de Hidrocarburos la alianza entre una de las más grandes compañías petroleras gringas, la Conoco Phillps, y Canacol para utilizar el fracking en el país. Falta que los US$ 100 millones que Noruega y España han prometido como premio a la reforestación, caigan en manos de empresas de reforestación comercial, compañías ganaderas sembrando teca o cementeras cultivando acacia magnum. Ernesto Guhl Nanetti concluye en un sesudo estudio sobre la gestión ambiental entre 1994 y 2014 que “el crecimiento económico logrado en los últimos años se ha hecho a costa del capital natural y del medio ambiente”. Mejor dicho, el país se enriquece empobreciéndose.

Es sobremanera preocupante que en las negociaciones con la guerrilla no se haya podido establecer un acuerdo claro y conciso sobre protección del medio ambiente que sin duda sería la base del compromiso hecho por Colombia en París. Santos está en mora de crear con Timochenko una alianza estratégica para impedir que, desaparecido el ejército guerrillero, las empresas ganaderas, agroindustriales y mineras tengan las manos libres para hacer de las suyas en los territorios que hoy les son vedados. Cuidar la casa, como dijo el Papa, no es sólo un deber ético sino una imprescindible medida para preservar la vida en el único planeta de la galaxia que la posee y en la que, sin saber por qué, navegamos por el universo.

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