Por: Pedro Viveros

Partidos políticos: ¿impopulares e ineficientes?

Los históricos partidos políticos colombianos, y sus máximos dirigentes, serán los grandes derrotados en las próximas elecciones locales. Su falta de apertura hacia la búsqueda de  nuevos liderazgos y la poca importancia por la sustancia e innovación de ideas, los tiene “colinchados” bajo la fórmula de coaligarse con otras fuerzas recientes y así mostrarse como ganadores en octubre. Es la “patria boba partidista” del siglo XXI. 

Desde el día de su posesión, hace un año, el presidente Iván Duque planteó su esquema de gobernabilidad con la idea de tener una total independencia entre las ramas legislativa y ejecutiva. El término que lo popularizó fue “cero mermelada” para tramitar leyes y proyectos durante los cuatro años de su mandato. A la postre, Duque sacó lo que más le interesaba en su primera legislatura. Léase: Plan de Desarrollo (PD), ley de financiamiento y modernización de las TICs. A propósito,  cuando lean el PD en detalle, encontrarán que lo aprobado fue un Plan de Gobierno con todas las de la ley. ¿Y los rectores de las colectividades políticas dónde estaban cuando se les metió ese gol?

Nunca criticaron esta minuciosa e inteligente estrategia de los defensores del gobierno. El trabajo al detal de la coalición gobernante para lograr pasar este proyecto fue eficiente y popular para todas las fuerzas representadas en el congreso, salvo notorias excepciones. Una cosa es ganar en el recinto donde se hacen las leyes y otra muy distinta es que estas acciones parlamentarias sirvan para  ganarse el electorado. Es aquí donde los partidos más antiguos del país confundieron el camino. Los liberales y los conservadores se volvieron tramitadores y notarios. Hacen trámites en el congreso sin preguntar motivos ni razones y son notarios al momento de buscar, con mente derrotista, ser parte de una candidato coavalado. 

Esa no es la función de un partido serio y con tradición. La fortaleza de un grupo político con historia es garantizar la estabilidad institucional de una democracia al tiempo que proyectan su futuro. Se les olvidó el liberal Darío Echandía y su frase, tan trilllada y poco razonada: ¿el poder para qué?  O al conservador Álvaro Gómez Hurtado, defendido con ahínco y buena prosa, por el escritor Juan Estebán Constaín en reciente libro,  cuando decía: "Necesitamos una nueva dimensión...que se oigan nuestros pasos como sonidos de bronce...es la Historia, es el ruido de la Historia". Por mirarse el ombligo, ¡se les olvidó el poder de su propia historia!

Es cierto que liberales y conservadores perdieron vocación de poder. También es verdad que el poder envilece y desgasta. Cierto es que los días pasados fueron mejores. Pero la realidad es una: los colombianos ven los partidos como las instancias más lejanas para encauzar sus angustias. Por eso buscan refugiarse en cuanto “pirómano político” de ocasión recrea un discurso y aduce tener el santo grial para resolver “su crisis” con “su receta”. Pero el diario vivir de los colombianos va por otro lado. Solo con leer la experiencia de una profesora de biología que viaja por  el país con sus estudiantes y luego de  2.500 kilómetros sin ningún incidente, ratificó su desprecio por la política y los políticos. Según ella en las capitales de los departamentos operan agentes que están en contra de la educación, de un modelo de desarrollo que desaprovecha la riqueza regional, no construyen vías terciarias y favorecen la concentración de la  tierra. Lo ve una bióloga mientras los profesionales de la política restringen esta realidad.

Los partidos liberal y conservador por hablar con los mismos de siempre, por cuidar sus propios intereses perdieron la oportunidad de caminar por nuestro territorio y poder de una vez por todas trabajar por el país soñado por Echandía y Gómez. En tres meses en las urnas locales obtendrán un resultado: se convertirán en impopulares e ineficientes.

@pedroviverost

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