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hace 3 horas
Por: Arturo Charria

Pasajes literarios de la violencia

Muchos tenemos un inventario personal de los pasajes literarios que resuenan en nuestra cabeza. Son como el sonido de una escalera vieja, que se agita en mitad de la noche, sin que nadie pase por ella.

El filósofo alemán Walter Benjamin concibió estos “pasajes” como el proyecto de su vida. Benjamin no veía los fragmentos que acumulaba y catalogaba como destellos aislados, sino como constelaciones que trazaban luminosos paisajes en la noche más oscura. Siempre he pensado que hay ciertos pasajes con los que es posible trazar la cartografía literaria de la violencia en Colombia. No me refiero a la descripción de nuestra historia y sus horrores, sino a las distintas emociones que produce la violencia en la sociedad.

En La invención del pasado (2016) de Miguel Torres, dos niños juegan en una Bogotá en ruinas después del 9 de abril de 1948: “Yo contaba al compás de los latidos de mi corazón y Martina corría a esconderse en alguno de los oscuros recovecos que se abrían bajo las escaleras desmembradas, cuyos escalones se remecían cuando las bajábamos”. Torres logra crear la imagen de la destrucción en una ciudad devastada por la violencia; los niños juegan a esconderse entre los edificios incendiados. Salen sucios de ceniza a una ciudad sin esperanza, en donde la gente deambula buscando sus muertos bajo los escombros

En Los escogidos (2012) de Patricia Nieto, un forense limpia los cuerpos rescatados del río Magdalena; cadáveres que todos veían pasar con gallinazos sobre el flotante pecho. Él los bautizaba con nombres y apellidos que comienzan con N: “A cada tumba le dio un nombre que sirviera como clave secreta en caso de que una familia desesperada llegara al puerto en busca de uno de sus muertos: Nelson Noel, Nervado Nevado, Narana Navarro. Así protegió las identidades perdidas de los ene enes de Puerto Berrío”. La escritora reconstruye el viaje de los cuerpos por el río Magdalena y las distintas personas que se relacionan con ellos.

En Mañana no te presentes (2016) de Marta Orrantia, una guerrillera del M-19 ve el sinsentido de la toma del Palacio de Justicia. En medio de la confrontación, por un instante, contempla la destrucción que produce la guerra: “Los papeles volaban huérfanos en pequeños remolinos que armaba el viento. Los cristales rotos sobre los escritorios temblaban con el repiqueteo constante de los teléfonos. Me preguntaba si llamarían los familiares de aquellos que ya no iban a contestar más. Una máquina de escribir quedó paralizada en medio de una palabra”.

Hace poco un poeta lloró recordando el poema Llanura de Tuluá (1963). En sus lágrimas estaba la entrañable amistad con Fernando Charry Lara, autor del poema, y el dolor que le producía la imagen de los cuerpos abandonados en una carretera del Valle del Cauca:

Uno junto del otro están caídos,

muertos,

al borde del camino, los dos cuerpos.

Debieron ser esbeltas sus dos sombras

de languidez

adorándose en la tarde.

Daniel Ferreira escribe sobre una tarde que cae para siempre en un pueblo petrolero, “el sol hunde en el vientre de la llanura su antorcha sangrienta (…) Tres mil casquillos de balas disparadas y medio centenar de cuerpos yacen en el corazón del caserío, iluminados apenas por el brillo último del atardecer”. Se trata de Viaje al interior de una gota de sangre (2011), una de tantas masacres, uno de tantos olvidos.

No se trata de armar una historia literaria de la violencia, sino explorar, a través de la literatura, aquello que queda en el aire cuando termina de hacerse el recuento de los hechos.

 

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