Por: Pedro Viveros

Pasan las polarizaciones, ¿llegan los bipolares?

En noviembre de 1902, en un barco de bandera norteamericana, el Wisconsin, se firmó el final de la Guerra de los Mil Días. El enfrentamiento entre liberales y conservadores, históricos y nacionalistas, originado por el temor a la apertura del país en materia económica y política,  provocó desplazamiento, carestía, violencia, más de 100.000 muertos, una inflación desbordada, la falsificación de billetes por toda la nación y la pérdida definitiva de Panamá. A propósito, los conservadores evitaron que la ayuda de Venezuela a los liberales les diera el triunfo a los rojos. En otras palabras, éramos los de acá los que cerrábamos fronteras para evitar la ayuda militar y humanitaria.  La firma de los acuerdos y la frase “La Patria por encima de los partidos” le puso fin a la contienda circunstancial, porque las divisiones políticas continuaron.

Durante la posguerra el país vivió una hegemonía conservadora que permitió una estabilidad política que aguantó el trasegar de un panorama mundial frenético con la Primera Guerra Mundial, las revoluciones rusa y mexicana, hasta la llegada de la Segunda Guerra Mundial. La denominada época de la Violencia  inició el 9 de abril de 1948 con el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán y llegó a su fin con la firma del pacto de Stiges y Benidorm en 1958, para permitir el acceso al poder de los partidos Conservador y Liberal de forma milimétrica y compartida por 16 años. El Frente Nacional resolvió otra polarización, pero dio rienda suelta a una nueva.

A partir de la firma del acuerdo entre Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez, el país se vio inmerso en otra polarización: la de la exclusión de fuerzas nuevas de tendencia de izquierda democrática. Los aires de la confrontación mundial entre dos mundos, el occidental y la URSS (hoy Rusia, a pesar de que algunos políticos nostálgicos aún las confunden), llegaron a nuestro país y “pedían pista” en democracia. Las condiciones evitaron que pudieran acceder al poder por medio de los votos. Una sociedad colombiana atemorizada por la revolución cubana que con el apoyo soviético buscaba extenderse por el resto del continente, unido a un fracasado intento de negociación con las guerrillas liberales,  potenciaron la idea de tomar las armas e irse a las montañas para desde allá inciar la toma del poder desde la subversión. Otra polarización.

La aparición del combustible violento y letal del narcotráfico desencadenó una resistencia contra los narcos de los carteles que pretendían influir en la vida económica, política y guerrillera de una Colombia que entraba en otra polarización, esta vez por la supervivencia como país. La lucha partidaria era lo de menos. Ahora el enemigo tenía grandes sumas de dinero y se mimetizaba entre los colombianos vía nuevos negocios de la cocaína y el apoyo a grupos al margen de la ley: guerrilleros y paramilitares. Al panorama anterior se le sumó la muerte de tres candidatos presidenciales en las elecciones de 1990, lo que permitió una salida suprainstitucional: convocar una Asamblea Nacional Constituyente. Se cerró un capítulo más de la media docena de violencias, pero comenzó una nueva: los paramilitares, narcos, las Farc y la implementación de la nueva Constitución.

Durante los años posteriores a la constituyente el país experimentó la intimidación real de las Farc. Su idea de toma del poder alcanzó las goteras de Bogotá. Esta amenaza y el desgaste de los partidos tradicionales, además del escándalo del Proceso 8.000 y el estruendoso fracaso de los dialogos del Caguán, facilitaron el encumbramiento y consolidación del discurso populista y de extremos. Esa radicalización permitió el encauzamiento institucional de una salida pacífica por medio de una negociación encabezada por el presidente y premio Nobel de Paz, Juan Manuel Santos. Un cierre de una y apertura de otra polarización.

En este nuevo escenario de implementación de los acuerdos de paz, se denota una evidente búsqueda de un nuevo enemigo. Ya no son los guerrilleros de fúsil y botas,  sino la permanente e inclemente lucha por desinstitucionalizar el país. Esa zozobra jurídica que como táctica pretende mantener a los colombianos al filo del precipicio como Estado. Ojalá el adversario lo encontremos en la falta de equidad, de oportunidades, así evitaríamos que la invención de algunos líderes nos lleve, ya no a  polarizaciones superadas cada una en su dimensión,  sino a la primera  bipolaridad de nuestra historia.

@pedroviverost

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2019-06-10T00:00:39-05:00

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