Por: Fernando Araújo Vélez

Pasión

Era un pasajero más que llegaba desde el fin del mundo con su bufanda roja y blanca a cuestas y el helaje de cinco o siete grados bajo cero aún en su piel.

No había podido ver el partido más importante de su vida porque el avión que lo llevaría desde El Calafate hacia Buenos Aires iba a salir a los 10 minutos del segundo tiempo. Lo dejó ahí, uno por cero a favor de River Plate, uno por cero a favor de la vuelta a primera división. Y la angustia. Y el temor. Y la incertidumbre. Y la desesperación de que en el aeropuerto nadie tuviera una radio, un televisor, una señal de internet. Cuando subió al avión le preguntó al capitán si sabía cómo había quedado el partido. “No, pero ya te averiguo”, le dijo. Cinco minutos más tarde, antes del “abróchense los cinturones...”, el mismo capitán informó que River Plate había derrotado a Almirante Brown dos goles por cero y había ascendido. Hubo aplausos, cánticos, uno que otro silbido y la sonrisa plena del muchacho de la bufanda, que no dejó de sonreír ni siquiera cuando arribó al aeropuerto Jorge Newbery y se topó con las barras de Quilmes que esperaban a su equipo, también milagrosamente ascendido ese sábado. Le dijeron hijo de p... Le cantaron, lo devoraron con sus miradas. Él continuó su camino. Se metió en un taxi y, feliz, vio un interminable desfile de hinchas de River que iban hacia el obelisco, porque allá, en el obelisco, otros miles le cantaban al mundo y al fútbol y a la vida porque se habían salvado de una muerte más. 

 

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