Por: Alvaro Forero Tascón

Pasión política, fin del síndrome Gaitán

QUIZÁS COMO UNA REACCIÓN QUE podría denominarse síndrome Jorge Eliécer Gaitán, durante las últimas décadas los presidentes y políticos colombianos rechazaron el uso de la emoción en la política.

La estabilidad institucional colombiana se debía en buena medida a esa cultura estoica y clientelista, de profundo desprecio por el populismo gaitanista. Antes de Álvaro Uribe, las encuestas reflejaban la consecuente frialdad de las relaciones entre políticos y ciudadanos. Pero reducir la alta favorabilidad del Presidente en las encuestas al apasionamiento, es desconocer que éstas encierran una lógica profunda. Tampoco es posible negar que detrás del apoyo popular a Uribe hay mucha emotividad.

Muchas teorías sobre el comportamiento de la opinión pública tienden a ver al ciudadano como un actor racional, y a considerar lo emocional como distorsionador del buen juicio en materia política. Sin embargo, no sólo no hay política sin emoción, sino que algunas tesis en materia de opinión pública están mostrando que ésta cumple un papel necesario en el proceso cognitivo de los ciudadanos frente a la política. Según estudios de George Marcus, Russell Neuman y Michael Macuen sobre inteligencia afectiva y juicio político, la razón y la emoción se complementan para producir una ciudadanía pensante y atenta a la política.

Estos investigadores aceptan que normalmente la mayoría de ciudadanos monitorea los asuntos políticos basada en sus hábitos, apoyándose en pensamientos y evaluaciones pasadas. Pero sostienen que cuando los ciudadanos encuentran un actor, un evento o un tema nuevo o amenazante, se dispara en ellos un proceso nuevo de evaluación y juicio político. Es decir, que las emociones no solamente despiertan el interés de los ciudadanos, sino también el análisis.

La receptividad política hacia el Presidente puede deberse a que a diferencia de sus antecesores, que eran percibidos como lejanos y acartonados porque actuaban a través de las instituciones partidistas y estatales, Uribe aprovechó un momento histórico de crisis para emocionar a los ciudadanos. Y como un torero efectista, ha sabido mantener de pie al electorado, como quizás ningún otro mandatario actualmente en el mundo, de acuerdo con los índices de favorabilidad de las encuestas.

Uribe entendió temprano que para mantener a los colombianos involucrados emocionalmente con el relato políticamente perfecto de la seguridad democrática, no bastaban los discursos incendiarios, sino que requería de hechos mediáticos desconcertantes. Aunque son más de origen defensivo que ofensivo, sus golpes de opinión han resultado ser una herramienta tan demoledora contra los contradictores, como “enloquecedora” para los seguidores. Con ellos, Uribe mantuvo primero el interés de los colombianos, y ahora el del mundo entero, en su epopeya cinematográfica contra las Farc.

Las emociones son culpables de los excesos políticos que podemos estar cometiendo hoy los colombianos. Pero también son una reacción al excesivo desinterés en la política que padecíamos antes de 2002, por culpa del síndrome Gaitán.

* Analista político, investigador en opinión pública.

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