Por: Salomón Kalmanovitz

Pasiones y sentimientos morales

En la carta que Álvaro Uribe dirigió al papa Francisco se evidencia el afán por mantener en ascuas las pasiones de sus adherentes. Antes que nada, encender la ira contra la insurgencia por su responsabilidad en la descomposición social, la drogadicción de jóvenes inocentes y por la impunidad de los dirigentes guerrilleros frente a los delitos atroces que cometieron; también por el uso político de los recursos que acumularon a través de la delincuencia. Todos, dice, “se constituyen en estímulos al delito”.

La segunda y más destructiva pasión que carcome el alma del expresidente es la venganza, aunque la disfraza de sed de justicia. Afirma “todos queremos la paz”, pero se debe “sancionar la violencia que siembra la desesperanza y nos aleja de Dios”. Combatir la violencia con una espiral de violencia cada vez mayor. No le parece suficiente la entrega de armas y la disposición a no emplearlas más por ese grupo guerrillero que él no pudo derrotar. No se deben perdonar los delitos de guerra de las Farc, pero los cometidos por las Fuerzas Militares ni siquiera existieron: “las Fuerzas Armadas de Colombia han sido profesionales y respetuosas de nuestra democracia”. No pueden ser sometidas a los mismos tribunales que juzgarán a “narcoterroristas”.

El papa Francisco no se dio por aludido. Él siguió de cerca la negociación en La Habana y no necesita ser informado por la parte más contraria a los acuerdos de paz, pues conoce las raíces de la confrontación y se preocupa en especial por las víctimas que Uribe desconsidera, aunque él mismo fue víctima. Si el obispo de Roma le contestó, fue con sus homilías que despiertan los sentimientos morales de los fieles católicos: la empatía con los más pobres y débiles, la humildad que contrasta con la arrogancia atávica del expresidente, el perdón y la misericordia, el afán por cerrar el ciclo de violencia fratricida que nos acompañó por tanto tiempo. El papa Francisco defiende la inclusión social y el diálogo entre intereses y creencias contrapuestos. El ecumenismo ha encontrado un nuevo impulso con su diálogo con otras religiones. No cree en su propia infalibilidad y está dispuesto a reconocer algunos errores de la Iglesia.

Un frecuente aliado político de Uribe es Alejando Ordóñez. Él pertenece al lefebvrismo, secta que afirma que el Vaticano, y más aún el papa Francisco, traicionan los valores tradicionales del catolicismo: el considerarse como la única religión verdadera, el monopolio de la relación con Dios por parte del clero (la misa en latín y a espaldas a los fieles), el sometimiento de la mujer, la condena a la homosexualidad y al liberalismo político, y la negación del holocausto judío. La moral para Ordóñez es lo de menos con tal de alcanzar sus torvos propósitos de derechizar la sociedad y sus instituciones; por eso también debe estar preocupado con los sentimientos morales que despierta el papa Francisco entre la feligresía que aspira a controlar para elegirse.

Frente al discurso de odio que pregona Álvaro Uribe, el papa predica el perdón, la solidaridad y el respeto. Frente al capitalismo sin controles que promovió el expresidente, el papa Francisco acusa la desigualdad de ser caldo de cultivo del conflicto social y político.

Seguramente el papa Francisco va a tener que rezar mucho para que el alma atormentada de Uribe se libere de las pasiones destructivas que irradia sobre el pueblo colombiano.

 

 

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