Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Paso al liberalismo

Hace más de 100 años, un periódico del Magdalena publicó esta declaración de convicciones políticas: “Yo, Rafael Rendón, mayor de edad, vecino del municipio de Río de Oro, declaro espontáneamente por medio de la presente y para conocimiento del público que por tradición he venido perteneciendo al ignominioso partido conservador que tantos males ha causado a nuestro país por sus doctrinas retrógradas; por sus ideas sanguinarias e hipócritas hasta el extremo de que, si en sus manos tuviera volver a la Colonia, no lo excusaría; por ello protesto enérgicamente de continuar perteneciendo a ese partido y me afilio de todo corazón al partido liberal, el que, sin duda en no lejano día, será el que traerá bienestar a nuestra Patria”. Rendón, quien manifestó también su lealtad al “benemérito señor general Rafael Uribe Uribe”, fue uno de los liberales que durante la primera década del siglo XX intentó renovar el partido y alejarlo del legado militar de guerra civil.

El listado de principios del liberalismo enumerado entonces tiene especial relevancia en la semana que termina. No sólo por el protagonismo que alcanzaron representantes del liberalismo defensores del referendo cristiano contra los derechos de la población homosexual, sino también por el inicio de las movidas de campaña presidencial, que sugieren la posible unión del partido con el candidato de Cambio Radical y perpetuo ministro de vivienda, Germán Vargas Lleras. Si en 1913 el partido era una alternativa a doctrinas “retrógradas” e “hipócritas”, en 2017 es un manual de esas mismas ideas.

Muchas cosas han pasado dentro de este complejo conjunto de directorios, de campañas, de oficinas, reuniones y acuerdos. La República Liberal y sus reformas; el periodo de la violencia y de persecución armada a las bases y mandos medios, las guerrillas liberales que resistieron los coletazos de la arremetida conservadora de los años cincuenta. Durante el Frente Nacional se vivieron nuevos momentos de reforma, propuestas de bienestar y equidad en el territorio nacional. En el desmonte se plantó la partición entre Carlos Lleras y Julio César Turbay, la cual definiría al liberalismo de los ochenta y noventa. En un enfrentamiento por la candidatura presidencial Lleras y Turbay, a lo largo de 1978, recorrieron el país en procura de respaldo popular para sus movimientos. Lleras, que se acercaba a los 70 años, hizo campaña municipio a municipio, pese a no contar con el apoyo de los líderes regionales. “Nos la vamos a jugar toda y los caciques se llevarán una gran sorpresa”, dijo por esos días. Pero no hubo sorpresas y, además de Turbay, fue esa política menuda regional la que triunfó en los comicios venideros.

La división entre política “de opinión” o ciudad y la de plaza pública provinciana fue revelándose artificial. Señores en clubes de ciudad e hijos y nietos de los próceres de antaño trabajaron en trenza apretada con líderes de las fuerzas en las regiones. Unos y otros, que integraban el Partido Liberal, echaron mano de pactos y coaliciones con actores por fuera y por dentro de la legalidad. Así, hoy, Vargas Lleras y Simón Gaviria aseguran el poder en el centro, bajo una bandera de tecnocracia que anuncia continuidad de los privilegios y desigualdades. Y Vivian Morales recita versículos y llama a la discriminación y el ayuno (y a los votos de una base cristiana que crece).

Motivo de desencanto y pesimismo, el pragmatismo sin agüeros del liberalismo amerita quizá un consejo del finado Aquileo Parra sobre las concesiones ideológicas (a cambio de votos): “Transigir, en cierta medida, pero sin perder de vista la meta, o sea sin torcer definitivamente el rumbo, equivale a remontar en zigzag una empinada cuesta o saber dirigir la nave contra el viento”.

 

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