Por: Armando Montenegro

A paso de tortuga

LOS PRINCIPALES INDICADORES DE la economía apoyan los argumentos de los optimistas y los pesimistas.

Los primeros pueden reclamar que en las últimas semanas la economía internacional se ha estabilizado y que ya se notan señales de recuperación; los precios de las materias primas han repuntado; la economía colombiana también parece haber tocado fondo; el sector financiero se mantiene sólido y no da muestras de debilitamiento. La inflación tendrá este año uno de los mejores resultados en medio siglo. El optimismo ha retornado entre los empresarios; muchos proyectos de inversión siguen su marcha, la bolsa ha repuntado y seguramente pronto se van a producir nuevas emisiones de acciones.

Los pesimistas, por su parte, señalan que la recuperación de la economía mundial será lenta y  no impulsará la demanda de las exportaciones colombianas; insisten en que la situación de Venezuela y Ecuador será un obstáculo serio para el comercio y en que la revaluación seguirá forzando el cierre o la compresión de  negocios de exportación. Insisten en que el desempleo y el subempleo se mantendrán elevados y, en materia fiscal, los bajos recaudos, derivados de un escaso crecimiento, harán que el endeudamiento público siga creciendo.

Las cifras de ambos  son correctas. Muestran distintos aspectos de una economía mediocre que exhibe marcados claroscuros. Es cierto que la economía colombiana no va a caer en una crisis pavorosa como la de finales del siglo veinte. Es posible, también, que el crecimiento del PIB de este año sea bastante mejor que el que se previó hace unos meses. Pero no hay razones para pronosticar que volverán años alegres de crecimientos del PIB superiores al 5%, ni siquiera al 4%. Y el desempleo, que no cayó a niveles de un dígito en la burbuja, se mantendrá por encima de  11% o 12%. El problema fiscal, desprovisto del maquillaje de los recaudos de bonanza, seguirá mostrando sus debilidades.

La recuperación del crecimiento de una economía que sufre estos problemas no depende del manejo de instrumentos monetarios y macroeconómicos de corto plazo. La reducción de la tasa de interés ya llegó o pronto llegará a su límite inferior. Y las políticas  de estímulo a la demanda están limitadas por la escasez de  financiación y por  el peligro de que el gasto creciente provoque una reducción de la calificación de la deuda del país.

Colombia está entrando en uno de esos períodos de relativo estancamiento en que es necesario acometer reformas profundas, de carácter estructural. Una reforma laboral que permita que se elimine el piso que impide que baje el desempleo y que caiga la informalidad. Una reforma tributaria que simplifique la estructura fiscal. Una reforma institucional que pueda apoyar la construcción de infraestructura y la competitividad. Una reforma que modernice el Estado y que impulse el desarrollo del sector productivo.

Es necesario enfrentar problemas como el que planteó hace poco Carlos Caballero: la desindustrialización del país a medida que avanza el crecimiento de la producción de petróleo y minería. Y otros como el que acaba de analizar José Leibovich: el prolongado estancamiento de la agricultura durante varias décadas, que no ha cesado a pesar del aumento de la seguridad y la mayor protección comercial.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Armando Montenegro

Capitales y devaluaciones

La selección Colombia

Ituango

La historia de Caballero

EE. UU.: crisis, ficción y realidad