Por: Ana María Cano Posada

Paso a la reconciliación

Simplificar la extenuante campaña electoral es reducirla a dos mensajes opuestos que muestran su índole.

Simplificar la extenuante campaña electoral es reducirla a dos mensajes opuestos que muestran su índole. El que anuncia la señora que vocifera en un comercial en una tienda por una educación de calidad y lanza una naranja hacia su interlocutor. Y del otro lado el del profesor Mockus: “Con la educación podemos ser mejores de lo que hemos sido” y “Preferimos una paz imperfecta a una guerra perpetua”. La primera protagonista apunta a mantener enardecido el ambiente que nos enfrenta sin oírnos y el segundo concede una oportunidad de transformar lo que somos en una mejor colectividad.

Nosotros somos susceptibles de empeorar. Cada año en que en Colombia este estado insostenible no cede ni un paso hacia lo mejorable, lo deseable y lo conveniente, empeoramos. Como si se regocijara la impotencia con el malestar. Porque en su intimidad nadie está pasando bien y se dan contra las paredes dirigentes y ciudadanos ante dilemas recurrentes, optan por el atajo y la violencia como la salida expedita y conocida, dan palos de ciego que eluden responsabilidades individuales y sociales. Se descarta ensayar todo nuevo camino por incierto y vuelven a extremarse los opuestos, a desconocer y a irrespetar al otro que discrepa e increpa. No sabemos admirar la capacidad de sobreponerse y sobrevivir en este medio hostil de la especie más resistente y predominante: el gran homo colombianensis.

La reina de este empeoramiento sin fin es la señora que grita energúmena su carencia de educación de calidad (discurso ajeno a los gestos que recuerda al ideólogo OIZ), que para hacerse oír clarito usa el tono de abolir al otro (usted no merece que se le respete…le doy en la cara marica), tira la parábola de la bala, insulta y abona el suelo minado que se ha extendido entre el ámbito público y el privado.

El Espectador se preguntaba el domingo si todavía podemos opinar. La catarata y estilo de reacciones (27 mil) que la opinión de un escritor respetable como William Ospina produjo revela el tamaño del miedo que subyace en cada cual. Se ha ido construyendo un entramado de desconfianzas cimentado en las intenciones ocultas que calculamos esconde cada gesto del otro. No creer en nadie, ser incapaces de fluir ante extraños y afines porque puede saltar la liebre, la desilusión, la desgracia, la amenaza. O si no, pregunto, ¿en qué familia o grupo de amigos no se evita expresar la opinión propia por el nivel de hostilidad que cada día empeora?

Ha prevalecido la aclimatación de violencias varias: políticas, verbales, ilegales, históricas, partidistas, armadas, que nos habitúan (y corren el umbral) de la intolerancia, de hacerle daño al otro, de desconfiar, amenazar, atemorizar, polarizar, resentir.

Esto augura que no se trata únicamente de encarar al fin la responsabilidad histórica de firmar acuerdos, de reparar a las víctimas y de llegar como sociedad al punto central de no repetición que permita dedicarnos a hacer un estado de cosas para vivir mejor colectivamente sino también y en especial, de saber deshacer el delirio que cunde al confundir fuerza con voluntad, agresión con ímpetu y poder desmontarlo muy despacio a través de las palabras y los hechos, sin acudir a los mismos métodos consabidos de inhabilitar, desaparecer, desconocer, despojar.

Este domingo doy un voto de confianza para dar un paso adelante en desmontar la impotencia, el miedo, la obediencia y la parálisis que he visto crecer desde que comencé a mirar con mis propios ojos.

 

 

 

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