Por: Pascual Gaviria

Pastiche vallejiano

ENCONTRARSE DE FRENTE CON EL personaje de una novela, ese ensueño hecho de palabras, esa mentira que dice caminar y maldecir, es un regalo desmesurado para el simple lector, un dulce mareo de irrealidad.

Y si el tropezón tiene lugar en el atrio de una catedral, en el altar de un parque marihuano y alucinado por el tinto en ayunas, cercado por travestis de civil esperando su hora sobre lo que fue la quebrada La loca, atestada de viejos desmemoriados jugando a los memoriosos, pues la revelación fantasmal tiene todavía más gracia y más vuelo.

Estoy parado sobre las escalas que conducen a la catedral metropolitana en el parque Bolívar en Medellín. De pronto las flautas del órgano alemán de la iglesia deciden hacerle competencia celestial al pregón de vendedores y redentores de megáfono que caminan el parque como almas en pena. Todas las almas del parque van en pena menos los borrachos del alcohol de farmacia que ríen o duermen en las bancas que puso hace cien años la Sociedad de Mejoras Públicas. De pronto aparece, caminando por el centro del parque, mirando con ternura al caballo de bronce y con furia al maldito jinete, al cobarde caraqueño, Fernando Vallejo. Pasa inadvertido, como si de verdad fuera un hombre y no esa sombra de palabras y rabietas que habita en la novela El don de la vida.

Parece que las puertas de la catedral lo encandilaran con su promesa de sombra. El personaje sabrá perdonarme el oxímoron tan flojo. Ahí está, entonces, parado en el umbral de ese templo levantado en honor a “Cristo Loco”. En relativa paz, silencioso y repitiendo sus pensamientos de personaje de novela: “¡Qué bella la catedral y qué reconfortantes sus canónigos! Entro a veces en las tardes a hurtadillas a oírlos cantando vísperas… huyendo del sol de afuera entro a mendigarles un mendrugo de su dicha en la penumbra de las altas bóvedas… En Medellín, que el sol calcina, la catedral es un oasis de frescura. La amo”.

Y a mí me dio por mendigarle un minuto al personaje, por el embeleco de oírlo hablar para no tener que comprar sus libros pirateados a diez mil pesos en los semáforos de Medellín, por el descaro de aprovecharlo para una entrevista, ya que tenía una cámara a la mano. Y fue posible, el personaje respondió siguiendo el libreto: “Y cuánto me pagan por la entrevista, porque a usted le pagan por eso o no. Usted se gana el sueldo por ponerme a trabajar”. Al fin compré el libro para repasar el regaño en la voz baja de la lectura: “…me aterra la vejez. Convertirme en el más viejo de esta ciudad y que me hagan homenajes por mis cien años y andar espantando a los periodistas como a una nube de moscas”.

En esas llegó el primer muchacho a saludarlo: “Entonces qué Fernando, bien o no”. A mí no me pareció ninguna belleza sobrenatural, un pelao común y corriente. Un cruce de manos por lo bajo y la despedida. Le llegó el momento de pedir cacao al personaje, como si fuera uno de los loros que tanto ama y que han vuelto a los árboles de Medellín. “Usted que tiene cara de joven, tiene un minuto de celular que me regale”. Le presté mi teléfono con un aire de burlona venganza. Ahí estaba cuadrando sus citas desde mi celular después de haberlo oído decir en la novela: “Ahí van pegados a esos aparatitos imbéciles los bípedos zafios de esta raza tarada caminando como zombis parlantes”.

Se despidió cordial y dobló por una de las esquinas de la catedral. Ya no sé si creerle cuando escribe en El don de la vida:

—“Pero dígame una cosa maestro: ¿Cuando usted dice yo en sus novelas es usted?

—No, es un invento mío. Como yo. Yo también me inventé”.

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