Por: Valentina Coccia

Patria

Es inexplicable, pero en algunos momentos de mi vida y en algunos lugares específicos he logrado acordarme de la patria y sentir qué significa. Hace unos días visité el Instituto Caro y Cuervo en Yerbabuena y al pasear por los corredores de la casaquinta de José Manuel Marroquí, al sentir la brisa apacible de su jardín, al disfrutar la vista de la sabana de Bogotá y de su acogedora vegetación, me sentí en casa. También me siento en casa cuando paso por los barrios de Bogotá, esos barrios llenos de casas antiguas, de casas en piedra y ladrillo, rincones de hogar y silencio. La misma sensación me abarca cuando salgo de la ciudad y en el paso por carretera veo el verde que recubre las montañas, los niños que se acercan al carro para venderme frutas o la intensa vida que esconden los bosques y praderas.

Sin embargo, me alegra mucho decir que estos días he hallado la patria no solo en los paisajes solitarios, en el silencio de los barrios o en la pintoresca vida de los campos. Estas semanas he visto la patria en las calles y en las casas, en los ruidos de la gente, en la unión de las marchas. El día del absurdo toque de queda que nos impusieron, la gente comenzó a tocar cacerolas desde las casas con una melodía que trascendió su eco. Un poeta alguna vez me dijo que todos llevamos un ritmo por dentro: el que impone el latido de nuestro corazón. La música de la cacerola trató de poner esos corazones al unísono, a latir al mismo tiempo, a congeniar en ideas, sentimientos y razón.

Ese sonido inquieto no solo se manifestó en el cacerolazo, sino que alcanzó su supremacía cuando todos fuimos capaces de condolernos por la muerte de Dilan Cruz y lamentar su pérdida desde cerca. Ese latir constante está también en el desengaño, en el uso de todas nuestras facultades para discernir las mentiras que nos ha dicho el Centro Democrático. Esa misma melodía nos acompañó el día de la llegada de la minga indígena, cuando entre festejos, marchas y cantos acogimos a la diversidad como nuestra hermana.

El arte recubrió las calles: representaciones y festejos, carnavales que nos recordaron que esto también es patria; que las mujeres, los niños de la Guajira, los líderes sociales asesinados, las madres de los falsos positivos, la arenga indígena y las negritudes también forman parte de esa nación viva. Somos hermanos en la alegría y hermanos en el sufrimiento.

Aquel que no es capaz de condolerse por las angustias ajenas, aquel que no es capaz de cuidar el territorio, de proteger con sus manos, con sus gritos y con su alma la vida de los otros, no resuena con el gran corazón de Colombia, con este nuevo corazón que resucita del silencio que hemos guardado por años. Por más reformas tributarias, grupos bicentenarios o mentiras que quieran hacer pasar por ciertas, ya todos hemos cambiado. Veo un país que se conduele, que lucha y se levanta; un país que por fin es capaz de mirar con empatía las caras de los otros. Que no se nos olvide nunca que hemos logrado conseguir la hermandad que tanto hemos buscado: quien no quiera adherirse a nuestro círculo ya está exiliado. Que nada destruya la fe de esta nueva Colombia, esa que estaba viva y latente, esa que estaba escondida, esa que aguardaba con paciencia el amanecer de una nueva era; porque esa Colombia por fin despertó, y el latir inquieto de su corazón ahora es nuestra nueva patria.

@valentinacocci4[email protected]

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