Por: Valentina Coccia

Patria y literatura

Hace algunos años mi padre se encontró a Gabriel García Márquez en un aeropuerto. Ya era anciano, y como todos los escritores ancianos comenzaba a tener los mismos rasgos con los que imaginamos a Dios. García Márquez ya se había convertido en uno de sus personajes: con guayabera blanca, sus enormes gafas de vista, y una pequeña giba que amontonaba todos sus huesos en la espalda. Al verlo desde lejos, como una aparición, mi papá se apresuró a ir a la librería para buscar una copia de Cien años de soledad en el tumulto de Dan Brown, John Grisham y Deepak Chopra que hay en las librerías de aeropuerto. Cuando regresó, García Márquez se había ido, dejando un hálito de desaliento y desesperanza. La copia sin firmar de Cien años de soledad se convirtió en el libro más triste de toda la biblioteca de mi padre.

La misma desolación nos ha dejado García Márquez con su muerte en el año 2014. El inventor de las mariposas amarillas emprendió vuelo con ellas, y nos dolió inmensamente no solo porque él es la única cosa buena que se conoce de nosotros en el extranjero, sino porque García Márquez supo narrar nuestra condena; la prisión en la que nuestra patria se ha convertido. La saga de la familia Buendía es el mito del eterno retorno: no importa qué tanto hagamos, “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no (tienen) una segunda oportunidad sobre la tierra”. Los colombianos somos un país condenado a no surgir, a no avanzar, a no despertar. No importa qué tanto hagamos o por quién votemos en cada encuentro democrático. Las urnas seguirán vomitando los mismos ganadores, y la gente seguirá yendo al trabajo y conformándose con sobrevivir, pues creer en la patria se ha convertido en el hecho de sentarse a la espera de un milagro.

A pesar de habernos dejado con un dolor inmenso, la muerte de nuestro García Márquez coincidió con el advenimiento de la firma de los acuerdos de paz. Ya veíamos llegar ese barco desde la lejanía, y por un momento surgieron nuevas esperanzas. A pesar de sentir la pérdida del poeta que narró nuestras gestas, los escritores colombianos comenzaron a moverse; a escribir libros que representaran nuestro escape, nuestra libertad, nuestra resiliencia. Porque esa es una de las tareas del escritor: liberarnos con su discurso. Últimamente he leído libros colombianos de inmenso valor, que en tiempos de paz vienen a renovar nuestra ilusión y a desvelarnos el secreto de que librarnos de nuestras cadenas depende solo de nosotros. Aprovechando el inicio del período de vacaciones para recomendar algunas lecturas, quisiera hablar de algunos de estos escritores maravillosos que, dedicándole a su labor toda su paciencia, están tratando de representar esta nueva página del libro de nuestra historia.

Emma Reyes fue una extraordinaria pintora colombiana. Sus obras desprendían el hálito de la inocencia y de los corazones puros. Escribió sus memorias al historiador colombiano Germán Arciniegas, y después de algunos años, de muchas coincidencias y de mucho temor, las memorias fueron publicadas por Laguna Libros en el año 2012. Memoria por correspondencia cuenta la desoladora infancia de la pintora en un convento; una infancia cargada de maltratos y de abandono. Pero el libro también narra cómo esa niña extraordinaria logró escapar de su aterradora realidad. Emma Reyes nos renueva la fe, pues nos muestra que todos, sin importar nuestra ignorancia o nuestra inocencia, tenemos un sentido intrínseco de lo que es justo y de lo que es injusto, y que si le damos escucha muy posiblemente saldremos bien librados.

A Piedad Bonnett tuve el gusto de conocerla en la universidad y de tomar clase con ella. Llena de sensibilidad por la juventud, Piedad nos dio muchos consejos generosos sobre cómo convertirnos en jóvenes escritores. Recientemente sacó una novela titulada Donde nadie me espere, en la que cuenta la historia de Gabriel, un joven inteligente y talentoso que toca fondo después de la muerte de su hermana adolescente. Gabriel se despoja de todo su pasado huyendo de sus fantasmas, pero se da cuenta de que el único remedio para su mal es enfrentarlo. Este nuevo libro nos enseña que al pasado no hay que huirle, y que tampoco debemos olvidarlo: la única manera de sacarle provecho es encarándolo y recordándolo. Solo así podremos salir de la parálisis que padece nuestra historia colombiana.

El libro Las noches todas ha sido el primero que he leído de Tomás González. En este gran descubrimiento el escritor antioqueño narra la historia de un anciano que no se resigna a entrar en la madurez. Con increíbles gestas intenta someter la naturaleza, llenarla de luz para que no llegue la noche, resistiéndose al cambio de manera indomable y feroz; pero a lo largo del relato el protagonista aprende que el curso de la historia no se puede parar, ni siquiera con las hazañas más titánicas. Por más que queramos conservar el statu quo las cosas cambiarán, y el pasado quedará digerido en el amasijo del tiempo.

A Danilo Guio también lo conozco personalmente. En los últimos tiempos hemos establecido una linda relación y tuve la fortuna de leer su primer libro. En la montaña solo estábamos nosotros narra la historia de una familia campesina de Boyacá; de unos niños que crecen en una tierra que aman pero que también los envuelve. Los recuerdos toman la forma de una única fotografía que viajará con ellos en las profundidades de una maleta. En el libro de Danilo aprendemos que así le tengamos cariño a nuestro pasado, el futuro nos sorprenderá de formas tan bellas que ni siquiera alcanzamos a imaginar.

Estos escritores colombianos, después de la muerte de aquel que narró nuestro suplicio, nos invitan a renovar nuestra fe en el porvenir. Librarnos de las condiciones de las que adolece nuestra patria es posible; y estos autores nos dan la mejor noticia: no hay dioses ni gobernantes que decidan sobre nosotros, y no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo mantenga.

@valentinacocci4

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