Por: Patricia Lara Salive

Paul McCartney, en su mejor momento

Debía ir a Boston a fines del verano, y tuve la buena fortuna de que pude coincidir en Nueva York con uno de los dos conciertos que dio en el Madison Square Garden Paul McCartney, el legendario Beatle, quien el pasado 18 de junio cumplió 75 años.

Ese 15 de septiembre, Paul estuvo sublime: el concierto, impresionante por su energía, por su talento, por su versatilidad, por la espectacularidad de los escenarios y de los efectos luminotécnicos y escénicos; asombroso, por su dominio del público y por las emociones, la nostalgia y los recuerdos que despertó en cada uno de los asistentes, quienes no dejamos de cantar un minuto, ni de bailar, ni de gritar, ni, a veces, de llorar, duró nada menos que ¡tres horas!, cuando los conciertos de artistas como Silvio Rodríguez o Juan Luis Guerra duran hora y media. Es lo normal. Pero el de este gran anciano joven, padre de cinco hijos, lleno de una energía que le envidiaría cualquier buen deportista, se prolongó tres horas sin interrupción, sin teloneros que lo ayudaran, sin intermedios que le permitieran respirar, sin que él se sentara un instante, con la excepción del poco tiempo que tocó un piano de cola y otro con tapa de colores, porque la mayor parte del concierto tocó una guitarra, y otra, un bajo y otro, y hasta un ukelele más. Y Paul se paseó por las canciones viejas, aquellas que nos llevan a soñar, y a recordar, y una que otra vez a llorar, como You’re Going to Lose That Girl, A Hard Day’s Night, Eleanor Rigby, Love Me Do, Yesterday y Let It Be. Y tocó canciones nuevas, como esa que acaba de componerle a su tercera y actual esposa, Nancy. Y cantó esa preciosa obra que le compuso a su amigo John Lennon después de que lo mataron: entonces, montado en un escenario en el que él, solo, fue ascendiendo lentamente, como llegando al cielo para cantarle a John, Paul McCartney le dijo en música a su amigo ese “te quiero” que tanto añoraba decirle ahora pero ya no podía, ese mismo “te quiero” que hemos lamentado tanto no haberles dicho más a varios seres queridos, a tantos amigos que, de un momento a otro, cuando menos lo esperábamos, se nos han ido para siempre.

Y después de ese momento culminante, el concierto siguió. Y fue creciendo hasta que Paul cantó ese himno a la paz que todos deberíamos sabernos de memoria, Give Peace a Chance, sobre todo en este país donde ha habido tantos intentos de matar la paz. Y el público enloqueció. Y hubo un suspenso. Y creímos que, después de dos horas y media, el concierto había acabado. Pero no. Siguió con más intensidad. Y Paul cantó una canción durante la cual el escenario pareció incendiarse cuando seis u ocho llamaradas se alzaron sobre la plataforma, y se oyó una explosión, y apareció él, arriba, en medio del humo, sentado, tocando el piano. Y el concierto no se detuvo ahí. Y Paul cantó luego Hey Jude. Y todo el mundo coreó y se meció a ese ritmo de cuasi bolero. Y, por fin, a las 11:30 p.m., 180 minutos después de haber aparecido de pronto, surgiendo de la oscuridad, sin ningún anuncio previo, Paul McCartney concluyó su concierto con esa bellísima canción que me llena de nostalgia por esos hijos que se han ido y que dice: “Once there was a way to get back home”.

Y ahora, cuando ya ha dado 44 conciertos en esta gira One on One, que comenzó en abril del 2016 y terminará en Nueva Zelanda el 1º de enero, el joven Paul McCartney dará 27 conciertos más, entre ellos el del 24 de octubre en Medellín. ¡No se lo pierdan!

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Toda nuestra solidaridad con México en esta tragedia inenarrable.

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