Por: Pascual Gaviria

Payaso de agosto

UN INTELECTUAL CONVERTIDO en payaso. El hombre al que los titulares habían nombrado la “conciencia de la nación” ahora era un títere sin mano, un pregonero falaz.

Desde los diarios se señalaba al escritor que había decidido mostrar sus culpas juveniles. “Es muy tarde para contarlo, lo teníamos que saber desde hace años, no es más que un pícaro muy astuto”, decían en el corrillo mientras compartían risas y comentaban que algo se había sospechado. El hombre decidió encerrarse a cumplir su escarnio acompañado de una libreta, un lápiz y un clásico del humor y la literatura inglesa. Terminó por escribir un libro de poemas, Payaso de agosto, que es también un reclamo contra la prensa y sus aullidos. “El payaso de agosto del que yo hablo es el payaso del circo, del que la gente se ríe, y así es como me sentía cuando los mediocres trataban de ridiculizarme”, dijo el hombre al secar la tinta y acabar su función.

Esa vieja pelea, entre prosaica y satírica, sostenida por Günter Grass y una parte de la prensa hace cerca de 10 años, dejó lecciones que vale la pena revisar ahora que se ha apagado la pipa del escritor alemán. Grass publicó su autobiografía Pelando la cebolla y recibió el garrote, las acusaciones y las condenas que nunca imaginó. Allí había dos o tres páginas donde mencionaba su militancia en la SS cuando tenía 17 años. Esa confesión, que ya se había hecho de manera tímida en la década del 60, se convirtió en el único hecho importante de un libro de 500 páginas. Grass nunca buscó atenuantes: “Desde los 12 años viví el nazismo con fascinación y deslumbramiento: los jóvenes nos dejamos seducir. De los crímenes de las SS sólo tuve conocimiento después de la guerra, fue algo muy penoso. Pero que nadie se esfuerce: no existe ningún atenuante, no se puede empequeñecer lo que hice diciendo que fue una tontería juvenil”. Y sin embargo la jauría cayó sobre un hombre que había vivido y sufrido la guerra como casi todos los europeos de su tiempo.

Muchas veces los periodistas pretendemos ser jueces de todas las causas, promiscuos es la palabra adecuada, y además llevar procesos sumarios, sencillos, que tengan la figura del condenado y no demanden la lectura de todos los folios, juicios para animar lectores, oyentes o televidentes. Juicios que podrían ser programas concurso. Se hizo con un premio nobel y se hace a diario con un concejal, un taxista, una estudiante, un director de Aerocivil, un politiquero corriente. En su momento Günter Grass señaló dos características que prevalecen entre los magistrados de esos juicios a plaza abierta: “criterios arbitrarios y una presunta superioridad moral”. La prensa ha comenzado a buscar o a construir causas fáciles, que no dejen dudas, casos cerrados sobre los que se puede armar un grupo para la rechifla. Los objetores a esas condenas apresuradas y soberbias no pueden ser más que corruptos o ingenuos, dicen. En ocasiones parece que la prensa le temiera a la opinión dominante y olvidara el papel de aguafiestas que le corresponde aun cuando parece que no queda más que señalar a un culpable. Unos versos del payaso para dispersar la manada: “Mirad, ahí está despellejado, / gritan muchos ahora / que no quisieron tocar la cebolla / porque temían encontrar, no, / peor, no encontrar nada / que pudiera identificarlos”.

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