Por: María Teresa Ronderos

Paz de largo vuelo

"Estamos embarazados de paz", dijo la semana pasada el pastor menonita Pedro Stucky en un encuentro, pero advirtió que esta es un ave de largo vuelo, que se construye con perseverancia. Un cálido auditorio, repleto de víctimas que han dejado el pellejo en su empeño por salir del conflicto armado, lo aplaudió.

Por ellas, las víctimas, es vital tomarse muy en serio la propuesta de acto legislativo del partido de Gobierno que cursa en el Congreso. Si la desmenuzamos con mente abierta, vemos que pinta los trazos de una arquitectura jurídica que le dejará servida la mesa a la sociedad colombiana cuando ésta se sienta lista para sentarse a negociar cuando quiera y en los términos en que le venga en gana.

Parte de constatar con crudo realismo que la guerra es un estado social alterado y por eso, para finalizarla, hay que consentir en que no todos los que hayan combatido sean judicializados. Plantea, en su lugar, que se investiguen los peores crímenes de lesa humanidad y se sancione sólo a los grandes responsables, conforme a unos criterios que la sociedad encuentre tolerables. Y para los demás, propone perdón, pero no olvido. Perdón, si confiesan sus delitos y ayudan a esclarecer las verdades gordas de la guerra. Perdón, si encaran a sus víctimas, contribuyen a repararles el daño y nunca más las vuelven a violentar.

Al permitir seleccionar y priorizar, esta fórmula saca del atolladero al actual proceso de Justicia y Paz. Éste ha pretendido esclarecer cada uno de los 343.000 delitos confesados, pero, al no poderlos tramitar con celeridad, ha puesto la reconciliación en la cuerda floja. Y si la justicia ya no da abasto con sólo estos casos, ¿cómo podrá procesar además, uno a uno, a los 19.000 ‘paras’ no postulados, a los 4.400 militares investigados por violaciones de derechos humanos y, quizás también, a los guerrilleros?

Los tiempos de guerra son excepcionales, aunque en Colombia parezcan cotidianos, y la única manera de cerrar su ciclo perverso es con medidas de justicia igualmente extraordinarias. Por eso, la reforma es audaz al meter a los militares en la ecuación de la paz, pues permite que una eventual ley de justicia transicional los lleve también a ellos a contar cómo y respondiendo a qué intereses fueron arrastrados a la guerra sucia que ha dejado miles de víctimas inocentes.

Esta reforma comprende que la verdad es la madre de la paz, y que ésta, más que la judicialización de cada delito, es la que tranquilizará los corazones de los colombianos más adoloridos. Eso ya lo reconoce implícitamente la Ley de Víctimas, pues no espera a que los magistrados dicten las sentencias de reparación, sino que ordena atender su clamor ya.

Por último, el acto legislativo abre el cerrojo jurídico que le habíamos puesto a la salida negociada con las Farc y el Eln , un camino menos tortuoso que la perpetuación de la multimillonaria guerra de exterminio en la que estamos embarcados. No les concede nada aún; solamente deja abierta la posibilidad de que, cuando los jefes guerrilleros se sacudan su miedo y su miopía y decidan evitar que su gesta sucumba del todo descompuesta en las aguas podridas de la delincuencia a donde ha ido a parar, el Estado les pueda dar alguna salida jurídicamente segura.

En síntesis esta reforma concibe la paz, al decir de Stucky, como un ave de largo vuelo. Y si, como él dijo, el esfuerzo de miles de víctimas nos tiene embarazados de paz, esta reforma, con su visión de un futuro sin conflicto armado, puede ser la partera del final de la guerra.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de María Teresa Ronderos

La solución es con todos

Farc, ¿por qué no cambias de estrategia?

Un Senado resplandeciente

El lado oscuro del carbón