Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Paz, degradación ambiental y desarrollo

Ahora que todo el país está centrado en la construcción de la paz, surgen diversos interrogantes respecto a en qué medida la ejecución de los acuerdos de paz significa una relación nueva con el medio natural en el territorio.

 Si miramos las áreas de mayor conflicto, encontramos que los ecosistemas allí presentes tienen un alto grado de naturalidad y que en muchos casos son zonas cubiertas por bosques naturales: Amazonia, piedemonte de las cordilleras, andén pacífico o zonas de media y alta montaña en los Andes y en algunas serranías.

Como dijo Sergio Jaramillo —alto comisionado para la Paz— en la Universidad de Harvard en marzo de este año en su conferencia titulada “La paz territorial”: “Tenemos que aprovechar el momento de la paz para alinear los incentivos y desarrollar las instituciones en el territorio que con el tiempo van a hacer valer los derechos de todos por igual (…) Lo principal es entender la paz como una oportunidad, como una gran palanca de cambio para hacer lo que no hemos logrado hacer en cincuenta años de guerra”.

Si retomamos estos dos puntos y los miramos desde una perspectiva ambiental, surgen muchas preguntas. La primera es que si queremos cerrar la brecha con los habitantes de la ciudad y los de las zonas de conflicto, es urgente y necesario llevar mejores condiciones de vida a los espacios rurales, especialmente a aquellos que no están interconectados con los centros de desarrollo y mercado. El Quinto Informe Nacional de Biodiversidad de Colombia ante el Convenio de Diversidad Biológica, recientemente publicado por el Ministerio de Medio Ambiente y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, nos muestra que las áreas de mayor biodiversidad, es decir, las de mayor naturalidad y que han sido menos transformadas, coinciden con las áreas de nuestro espacio rural que presentan los mayores índices de pobreza y también coinciden con las que presentan los mayores atrasos en la capacidad institucional.

Desde el punto de vista ambiental, la gran pregunta es: ¿cómo convertir la biodiversidad en una oportunidad? Esto pasa por asumir que llevar el progreso y mejorar la calidad de vida de los habitantes de los ecosistemas de mayor riqueza biológica no se logra destruyendo esa riqueza y transformando esos espacios en paisajes agropecuarios.

La respuesta no es fácil, pero sabemos que si la paz es una oportunidad para hacer lo que no hemos hecho en los últimos 50 años, la oportunidad no se debe traducir en degradación ambiental. Una opción de corto plazo es definir estrategias de compensación económica para quienes habitan en áreas que hoy proveen importantes servicios ecosistémicos. Hay que compensar e incentivar a quienes conservan o recuperan los ecosistemas de páramo o bosque nublado y ayudan con la conservación de las fuentes de agua, a quienes viven en zonas de bosque húmedo tropical y conservan la biodiversidad y ayudan con la regulación climática, e impulsar en esas áreas sistemas productivos sostenibles. El reto es mejorar las condiciones de vida, sin destruir y degradar el medio natural, base de nuestra calidad de vida. Evitemos repetir los errores del pasado.

 

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