Por: Luis I. Sandoval M.

Paz o pacificación

El método de conversaciones en medio del conflicto ha conducido a que se haga la guerra de manera implacable mientras se habla de paz.

En ambas partes quienes están dialogando, con señaladas excepciones, son los que gritan alarmados por los hechos bélicos, soslayando el método por ellos aceptado o establecido. Batalla por la opinión.

El Gobierno condena acremente a la guerrilla cuando tiene bajas en las Fuerzas Armadas oficiales y celebra con alborozo cuando produce bajas entre las fuerzas insurgentes. El Gobierno se muestra sensible al máximo; la guerrilla se muestra estoica en grado inverosímil.

Cuando la guerrilla ataca es terrorismo, cuando el Gobierno bombardea es una proeza encomiable. Se tasa la vida de manera diferente: la vida de un soldado vale mucho, la vida de un guerrillero no vale nada. Una y otra parte considera daños colaterales, no intencionales, la victimización de civiles. Unos y otros se muestran insensibles ante un pueblo que padece una guerra que no reconoce como suya.

En esta apreciación maniquea del conflicto tienen un altísimo grado de responsabilidad los medios de comunicación, y se echa de menos una voz más fuerte de académicos, comunidades de fe y organismos de derechos humanos para instalar referentes de valor que contribuyan a moldear un ethos de reconciliación.

El maniqueísmo es propio de la ambigüedad. El presidente Santos repite una y otra vez que hará la paz a las buenas o a las malas, que dialoga como si no hubiera guerra y hace la guerra como si no hubiera diálogo. En un momento dice que apuesta todo su capital político a la paz y en otro convoca a arreciar la ofensiva militar contra los insurgentes. Zanahoria y garrote sucesiva o simultáneamente.

La guerra es asimétrica, pero los insurgentes pagan con la misma moneda. Reciben un ataque y responden con otro. Acción y reacción, golpe y retaliación se suceden sin interrupción, región por región. Resultado: la escalada de la guerra tiene más relieve que la continuidad de los diálogos. La gente del común está perpleja, desconfiada, incrédula. El conflicto ahoga los diálogos. El método seguido se agotó.

La ambigüedad está en el origen de la propuesta de salida política que el presidente Santos esbozó en el discurso de su primera posesión. Sorpresivamente dijo que la llave de la paz no se había perdido, pero lo decía procurando mantenerse fiel al legado uribista de ofensiva militar y buscando darle satisfacción a quien lo señalaba como traidor porque sin dejar la guerra introducía el diálogo.

El presidente cede a la fuerte presión de gran parte del Ejército que, imbuido de la estrategia y visión uribistas, considera que pactar el fin del conflicto armado dialogando constituye una derrota infamante para la institucionalidad militar. Es hora de que el presidente evalúe si sirve jugar todas las cartas.

Es ambivalente, de doble faz, la postura del Gobierno, mientras es incierta la postura insurgente, que inició pero no mantuvo la tregua unilateral. Aciertan las partes en no levantarse de la mesa.

No hay paz de Estado porque no existe voluntad nacional de paz, consenso o mayoría suficientemente holgada para realizar la salida dialogada del conflicto armado en el marco de un cese bilateral de fuegos y hostilidades, como lo plantean los países garantes (Cuba y Noruega) y Naciones Unidas.

Agotado el método, si no se da el timonazo a tiempo será pacificación, no paz, lo que viene. Oportunidad para una vigorosa iniciativa ciudadana capaz de apelar a acciones extraordinarias, como ocurrió el 10 de mayo de 1957, o el 14 de septiembre de 1977, o el 27 de mayo de 1990.

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