Por: Cristina de la Torre

La paz resiste

SI NO LE DA A LA MANO NEGRA POR cometer un magnicidio endilgable a las Farc para sepultar el proceso de paz, pronto se apagará en el vacío este estruendo del guerrerismo.

Para despecho de los insaciables de la guerra que en cada gota de sangre ven un voto, las conversaciones de La Habana parecen renovarse con vigor inesperado tras la crisis. Apuntan a solución definitiva  porque el país emplaza ahora, no apenas a la guerrilla, sino también a los otros responsables de la contienda. Si guerra sucia hubo, si ensañamiento en la población inerme, aquella se libró entre dos. Y dos han de reconocer sus crímenes, reparar a las víctimas y pagar penas por delitos atroces: en un lado, las Farc; en el otro, la heterogénea amalgama de soldados indignos del uniforme, narcotraficantes, paramilitares, políticos y empresarios que se les unieron y cosecharon jugosos frutos de su acción.
 
En compromiso taxativo con la paz, declaró Pastor Alape que las Farc no quieren una gota más de sangre por efecto de la guerra. Que el grupo armado no descarta pagar pena de reclusión, no necesariamente en cárcel tradicional, si los otros responsables del desangre lo hacen también. “No vinimos a La Habana a intercambiar impunidades (…) Para no defender que nosotros somos los buenos y los otros los malos, esclarezcamos. Para eso es la Comisión de la Verdad”. Mientras tanto, el país registra con asombro el desminado que oficiales del Ejército y guerrilleros han emprendido codo a codo en Antioquia. Y la mesa finiquita lineamientos de la Comisión de la Verdad. Pepa de la negociación final, pues de ella derivan la reparación a las víctimas, la aplicación de justicia a los máximos responsables del horror y la eventual participación de los insurgentes en política. Fin último de la terminación del conflicto, que el general Mora exaltó ante la tropa el 1 de abril: buscamos que las Farc desaparezcan como grupo armado, dijo, y se conviertan en partido político; para lo cual tendrán que dejar las armas.
 
Corolario de la guerra degradada son sus actores, envilecidos o viles de cuna. Un ideal político inspiró a las Farc en sus primeros 20 años de existencia. Pero en los últimos 30 naufragó éste a menudo en un torbellino de violencia contra la población civil, de despojo, secuestro, desaparición y narcotráfico. En muchos de sus frentes, el crimen y el abuso fueron notas dominantes. Superadas por la historia, quieren tornar ellas a la arena de la política, ahora como partido desarmado, rompiendo con la tradición colombiana de hacer política a tiros. Enhorabuena.
 
Ni peras en dulce ni blancas palomas, los paramilitares fungen por su parte como brazo armado de la extrema derecha. No ha mucho quedó en libertad el jefe paramilitar que había montado en Caquetá una escuela para enseñar a torturar y descuartizar en vivo sin que sintiera el verdugo dolor, vergüenza o culpa. Fueron estos los aliados de la principal bancada parlamentaria del uribato, y beneficiarios del DAS cuando su director, Jorge Noguera, puso a su servicio el organismo de inteligencia del Estado.  Hechos de bulto que ponen en ridículo la estudiada indignación del expresidente Uribe porque se negocie con la insurgencia.
 
En la retina de los colombianos quedó grabada la imagen de Pastor Alape al lado del general Alzate cuando, tras caer en manos de las Farc, el jefe guerrillero lo devolvía a los suyos. Precedente de honor que les da hoy credibilidad a las palabras de Alape: para él, la paz depende de cerrar las heridas de todos, de reconciliarse en la reconstrucción mancomunada del país. Dígase justicia reparativa para todos los máximos responsables —salvo en casos de delitos atroces—. Lo demás es sabotaje de quienes sólo cifran su porvenir político en la guerra.
 
Blogcdlt.wix.com/cristinadelatorre

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Cristina de la Torre

Colombia y EE. UU.: el legado de los años 30

La saga de los falsos positivos

Gobierno en crisis

Ópera bufa

Corrupción en libre mercado