Por: Columnista invitado

Paz sin festejo

Por: Alberto López de Mesa*

El martes 27 de junio, apenas me enteré que, en el municipio de Mesetas, las Farc entregaron sus armas ante el presidente de la República, Juan Manuel Santos, y los verificadores de las Naciones Unidas, emocionado tendí el tricolor nacional en mi ventana y salí a la calle para integrarme al festejo.

Para mi sorpresa, vi que la única bandera izada en toda la ciudad era la mía; que solo un diario tituló a tres columnas el suceso, y que para los periódicos más prestigiosos era una noticia más en un rincón de la primera plana. Yo pensé que iba a encontrar las calles atestadas de vehículos pitando como en una final del campeonato de fútbol, que las campanas de todas las iglesias doblarían por la paz, que los transeúntes nos abrazaríamos unos a otros, porque a dos horas de la capital se consumó un anhelo de tantos años.

Supuse que el Ejército Nacional, en un gesto de gallardía, surcaría los cielos con sus aviones chorreando humo blanco. Pensé también que en las estaciones del Transmilenio, en el frontal de los buses los letreros digitales mostrarían frases alusivas al fin de la guerra. Esperé que las emisoras trasmitieran las manifestaciones del jolgorio en todas las ciudades del país, que las poblaciones con carnavales desempolvarían las comparsas, que las reinas de todas las ferias saldrían con sus séquitos de bailadores, que en todos los rincones del país habría jaranas, juegos pirotécnicos, retretas y parrandas.

Mi alma ilusa soñó que el acontecimiento daba para un día cívico extraordinario. Llegué a imaginar que los miles de estudiantes que expiaron su culpa en el fracaso del plebiscito marchando hasta la Plaza de Bolívar, este día iban a cumplir una romería patriótica para expresar su apoyo irrestricto al proceso de paz con la guerrilla más antigua del continente.

Pero no hubo festejo. Fue un hecho sucedáneo, significativo para los protagonistas, a quienes vi en los noticieros realmente emocionados y consecuentes con la decisión de dejar las armas, mientras la mayoría del país, quién sabe porqué vil infundio, estaba rendido en la desidia, apático a la historia que le compete, que lo involucra, que lo implica.

Mi corazón palpitó conteniendo la emoción dentro del pecho porque sentí que no tenía con quien compartirla, porque me sentí rodeado de conciencias desconfiadas, como víctimas de un sortilegio maligno.    

*Alberto López de Mesa, arquitecto y exhabitante de calle

 

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