Por: Reinaldo Spitaletta

La paz, ¿una cuestión de estómago?

El conflicto armado colombiano (que para algunos, como Uribe y su enmascarado, no existe) se degeneró desde hace años. Se convirtió en un atentado contra los pobres del campo y la ciudad. Y en una suerte de lumpenización, en la que, ambos bandos, paramilitares y guerrilla, atravesados por el punto común del narcotráfico, han producido víctimas a granel.

Ahora, cuando en los diálogos de La Habana las Farc han reconocido que son victimarias, es interesante hacer un breve paneo por los horrores de esta envejecida guerra, en la que las víctimas todavía esperan reparación y que cese la impunidad. Ah, y además, que se conozca, como no ha pasado con los paramilitares y la Ley de Justicia y Paz (del pasado gobierno), el asunto de la verdad.

El proyecto paramilitar, que tuvo varias fases, como la denominada “ideal”, con una mampara antisubversiva, se erigió como una propuesta política y económica, que además, en su reinado de terror, se quedó con las mejores tierras del país, tras el despojo realizado a millares de víctimas. Ellos, con los hermanos Castaño y otros dirigentes (o delincuentes), llamaron “guerra” a una táctica criminal de exterminio masivo. Con motosierras y bala, su iniciativa se permutó en una empresa rentable, en la que, según expresiones de algunos de sus líderes, participaron industriales, representantes de grupos financieros y miembros muy principales de la sociedad colombiana.

A modo de repaso, bastaría con recordar las confesiones de Ever Veloza, más conocido como H.H., el mismo que dijo que “matar gente se vuelve un vicio, como meter perico o fumar marihuana” (ver El Espectador, agosto 2 de 2008). El comandante paramilitar de Urabá, ahora preso en los Estados Unidos, declaró que la lucha antiguerrillera tuvo como gran aliada a la Fuerza Pública. Cuando habló de las fosas comunes, advirtió que fueron una idea de militares, para que no dejaran cadáveres por ahí regados y la opinión pública no se fuera contra la autoridad. Esto lo ratificó H.H. en el documental Impunity, de Lozano y Morris. Miles de asesinados por los paramilitares, entre los que estuvieron campesinos, sindicalistas, desempleados, peones, fueron enterrados en fosas comunes.

El mismo paramilitar dijo que en ese proceso de terror, en el que “murieron más inocentes que culpables”, la seguridad democrática de Uribe no fue la que debilitó a la guerrilla, sino el ejercicio de las huestes paracas. En sus revelaciones, con las cuales tampoco pasó nada, alcanzó a decir cosas ya sabidas, como que muchos políticos se aliaron con el paramilitarismo (algunos están presos por parapolítica) y que “de esta guerra solo se beneficiaron los ricos de este país”.
El proyecto paramilitar que, con el pretexto de luchar contra la guerrilla, se quedó con las tierras fértiles, se alió con empresarios y también se tornó en “bolsa de empleo”, como lo dijo en su momento H.H., hoy está disgregado en las bacrim y otras organizaciones criminales. El asunto de la reparación y la verdad se quedó en veremos. La extradición de sus capos a Estados Unidos, a responder por narcotráfico y no por crímenes de lesa humanidad y otras violaciones a los derechos humanos, abortó el proceso.

Ahora, cuando a propósito de las negociaciones de Cuba, las Farc han aceptado que deben reconocer y reparar a las víctimas, se inicia otro proceso en el cual las partes advierten que no “intercambiarán impunidades”. Además, hay una novedad: las víctimas llegarán a la mesa de conversaciones. Es posible que sea el principio de un camino civilizado y por lo demás largo para llegar a la meta (¿o acaso sea solo el punto de partida?) de la reparación y de la verdad.
El conflicto armado colombiano, que tiene múltiples actores, debe tener una salida política negociada. Sin embargo, me sigue sonando una frase que le escuché a un poeta de Medellín: “La paz es una cuestión de estómago”. Y también la de Alí Primera, un cantor venezolano: “Hacen falta muchas cosas para conseguir la paz”.

 

 

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