Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Paz y cambio cultural

Quienes participamos en las marchas de febrero y marzo, estábamos manifestando nuestro rechazo a todas las formas de violencia.

Esto, a diferencia de algunos que participaron sólo en la primera para manifestar su rechazo a las Farc y otros que sólo participaron en la segunda para manifestar su rechazo a los paramilitares. La participación masiva muestra que los colombianos rechazamos la violencia y la reprobamos como práctica y expresión política y manifiesta el rechazo al secuestro, al desplazamiento, al reclutamiento forzoso y a la vinculación de los niños a la guerra.

Estamos viviendo una violencia extrema. Las declaraciones ante los jueces de algunos de los paramilitares y las narraciones de miembros de comunidades negras, indígenas y campesinas que han sido víctimas de la violencia, son inimaginables. Los grupos armados ilegales se enfrentan entre sí para controlar los territorios de producción de coca y amapola, desplazan a las comunidades o las obligan bajo pena de muerte a cortar ilegalmente maderas, tumbar el bosque y establecer monocultivos legales o ilegales.

Lo ocurrido con el comandante de las Farc y su jefe de seguridad, quien por la recompensa toma la determinación de llevar consigo una mano como prueba del asesinato, es brutal y muestra la descomposición política, social y militar de las Farc. En las películas del Oeste americano se decía: “Se paga recompensa, vivo o muerto”. En nuestro medio y en nuestros días, el debate jurídico es que la oferta de la recompensa no decía “vivo o muerto”. Nuestra violencia supera la ficción del cine norteamericano y es tan grave, que el caso de Raúl Reyes, generó satisfacción en muchos colombianos e incluso sonrisas en actores de la vida pública nacional. Estas reacciones, en condiciones de violencia menos extrema, serían inconcebibles. La situación es tan crítica, que a pesar de la pobreza, en el Premio Nacional de Paz el lema era “Sólo cuenta la vida”.

En la crisis con Venezuela y Ecuador todo el país rodeó al presidente Uribe, y de manera constructiva, se generó unidad entre las diversas fuerzas políticas. Como toda crisis, esta nos deja lecciones. Una muy importante es que siendo Venezuela un país profundamente dividido entre chavistas y antichavistas, hay un gran respeto por la vida. Allí, la gente se insulta, los políticos y los medios de comunicación se expresan de manera grosera y muy agresiva, pero la vida se respeta. Acá, nos insultamos menos y nos matamos mucho más. En este sentido, nosotros estamos, lamentablemente, más preparados que ellos para la guerra y sus atrocidades.

En Colombia se requieren profundos cambios culturales y jurídicos. Respecto al secuestro, se está avanzando en un gran acuerdo social y debemos ser severos si queremos erradicarlo. Quizá sea necesario establecer la cadena perpetua para quienes participen en actividades relacionadas con este crimen. Además de individuos, hay comunidades secuestradas.

Es urgente liberar comunidades negras, indígenas y campesinas que se encuentran secuestradas por los grupos violentos que se disputan el dominio territorial en los bosques naturales de la potencia biodiversa del mundo. Estos bosques, que legalmente son Resguardos Indígenas, Tierras de Comunidades Negras o Parques Nacionales Naturales, en la práctica son campos de batalla.

La Naturaleza también está secuestrada, pues es en la sombra del bosque tropical y por el carácter ilegal de los cultivos de coca y amapola, donde se generan los grandes excedentes que soportan la guerra y donde se dan las mayores confrontaciones por controlar el territorio. Colombia debería ser más creativo combatiendo el narcotráfico y negociar fuerte para que los gobiernos de los países consumidores se comprometan más. Se podría acordar que éstos pagaran al Gobierno de Colombia, a precio similar al de mercado, toda la cocaína que se decomisara y usar estos recursos para construir la paz. Esta sería una herramienta equilibrada para disminuir el narcotráfico y la violencia a él asociada.

Las marchas nos demuestran que el país está cambiando, que no avalamos que la política se haga mediante el uso de las armas y que el secuestro es un ilícito que queremos erradicar. Lo que en una sociedad civilizada sería de sentido común, sencillos axiomas de la vida en comunidad, en nuestra Colombia actual requiere determinación social para hacerlo realidad. Trabajemos por convertir la utopía en realidad, que la paz sea nuestro legado a las futuras generaciones.

* Especialista en manejo de recursos naturales en el Banco Mundial. Sus puntos de vista no representan ni pueden atribuirse a esa entidad.

 

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