Por: Mauricio Rubio

Paz y religión

La visita del papa hizo evidente la religiosidad colombiana, una realidad silenciada en las negociaciones de paz, en el Acuerdo y en su implementación.

A pesar de Camilo Torres, Manuel Pérez, Golconda, varios curas que combinaron “la prédica del evangelio con el fusil”, o que bendijeron la retaliación, la versión oficial del conflicto ha menospreciado el aspecto religioso. ¡Basta Ya!, del Grupo de Memoria Histórica menciona una sola vez la palabra religión, como una de las “invasiones ideológicas” que confunden a las comunidades indígenas.

Después del Acuerdo, el término reconciliación se pudo de moda. Pero se difuminó su sentido religioso, que es evidente: de las seis acepciones de la Real Academia Española, sólo una es ajena a esa dimensión. La religión contribuyó a la vinculación de combatientes al conflicto, y en el abandono de las armas su papel parece determinante. “Estar a paz con la justicia divina es lo más importante” oí afirmar a un comandante paramilitar en la Universidad de los Andes. “Pongo a Dios en primer lugar porque es Él quien está al mando de este proceso”, sentenció el líder de una pandilla reinsertada en una reunión en el Externado.

No son los únicos guerreros que destacan el rol crucial de la religión en los esfuerzos conducentes a la paz, algo que ignoran olímpicamente quienes le buscan sin tregua un empaque exclusivamente laico a cuestiones como el perdón y la reconciliación. Por debajo de la mesa, los comandantes farianos, marxistas leninistas, también han tenido devaneos alejados del materialismo. En La Habana, el misionero estadounidense Russell Martin Stendal se reunió varias veces con Iván Márquez y Jesús Santrich, entre otros jefes de las Farc, a quienes “les hablaba de la palabra de Dios”. Se trataba, según él, de la continuación de una labor de décadas en la que ha llevado el mensaje bíblico a comandantes de todos los grupos armados: su labor empezó hace más de 30 años cuando, para hablar con las Farc en Casa Verde, se unió a la ‘Cruzada nacional por la reconciliación’ del padre Rafael García Herreros, personaje definitivo en la entrega de Pablo Escobar.

Desde el primer encuentro con Iván Márquez, en enero de 2013, hubo gran receptividad. “Ellos entraron pidiéndome perdón… estaban muy compungidos”, afirma Stendal quien fue secuestrado varias veces por las Farc. Se volvió tan cercano a sus victimarios que en febrero de 2015 fue acusado de hacer parte de una red de apoyo a esa guerrilla. Informes de inteligencia señalaban que tras su secuestro en 1983 empezó a servir de “correo humano” entre los jefes de la organización. Varios reinsertados relataron que en sus visitas a los campamentos Stendal llevaba “no solo libros y biblias, sino medicinas, información de comandantes guerrilleros y equipos con los que la guerrilla montó emisoras clandestinas”.

Kimberly Theidon es una de las pocas analistas interesada en los complejos vínculos entre el conflicto colombiano y la religión. Anota que sin eso no se entiende, por ejemplo, que desde hace años en Urabá los pastores que militaron en grupos paramilitares resistan meterse de nuevo a la guerra. “Con la conversión están firmes en su fe. Sus excompañeros los presionan pero ellos insisten en que no van a regresar. Prefiero morirme, ahora soy una persona nueva’”, afirman. El pastor Abiathar estaba presente cuando, en mitad del culto,  los paramilitares le dispararon en la cabeza a su padre, también pastor. Varios amigos ofrecieron vengar esa muerte, todos sabían quiénes eran los autores, pero la familia no aceptó. “El perdón es la clave. Todo comienza con el perdón. Mi padre fue asesinado y no hubo juicio, nada. Pero Jesús ya pagó por eso. El sufrió la condena. La justicia se hizo en Jesús”.

A Theidon le sorprendió que en las conversaciones que sostuvo con excombatientes sobre la justicia nunca mencionaran al Estado. La falta de instancias legales para resolver los crímenes, el clima de absoluta impunidad, es un factor que mantiene el ánimo de venganza; la justicia penal le pone freno a la espiral de retaliaciones. Sin esa opción, es indispensable que haya alternativas, y una de esas es precisamente la justicia divina. Así, recomienda ella, hay que “comprender realmente la fe que tiene la gente en Dios y en que Él se encargará de juzgar y ajustar cuentas, y de comprender esto como algo más que fatalismo, falsa conciencia, resignación o resentimiento. Todas estas aproximaciones son despectivas y sugieren que los adeptos son solo los ingenuos de la historia”.

Ese mensaje simple no ha sido asimilado por un progresismo tan voluntarista e ingenuo que da por descontado que el perdón y la reconciliación surgirán espontáneamente de leyes tramitadas a las carreras y no de enseñanzas milenarias, como las del papa Francisco, que deslumbraron a una intelectualidad con lagunas históricas y sociológicas.

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