Por: Pascual Gaviria

Pecados por exceso

El filtro de entrada que los hospitales han ido construyendo por desconfianza merecida frente a algunas EPS, por cálculos sobre su balance más allá de las historias clínicas, por incapacidades y carencias propias, se ha convertido en uno de los puntos principales del debate sobre la salud en Colombia.

Son los pecados por defecto de nuestro sistema. Más silenciosos, y en ocasiones más complejos, son los pecados por exceso que presentan todos los días en las salas de cuidados intensivos y de exámenes especializados. Aquí las decisiones tienen que ver con el límite natural de la vida y los esfuerzos desmesurados de los médicos —ensañamiento terapéutico, lo llaman algunos— que muchas veces parecen dirigidos más a mejorar la factura que la salud.

En menos de tres meses he tenido cerca dos casos en que los hospitales —muy reputados, por cierto— abren la puerta de par en par a los pacientes y la cierran con disimulo, fingiendo responsabilidad y celo profesional, cuando el enfermo imaginario o la familia del enfermo terminal buscan una salida razonable. Una vez entra el paciente con respaldo económico probado por su EPS prepagada, los hospitales comienzan a actuar con la lógica de un hotelero desmedido. Para el enfermo imaginario que llegó creyendo tener un infarto inminente decretan tres días de cama en cuidados especiales, sin importar que se haya comprobado que todo fue una acidez mal interpretada. Aquí el asunto es más una comedia que una tragedia. La acompañante debe ponerse más rígida que las enfermeras y notificar que el paciente rubicundo saldrá por sus propios medios quieran o no los médicos. Huir de un hospital es siempre sano.

En el segundo caso el asunto entraña una tragedia. Someter a un paciente y a una familia a una agonía de 25 días pensando en una factura de $180 millones o en una obligación religiosa, o en las dos al mismo tiempo, es un pecado de lesa religiosidad y un abuso mercantil. En la situación particular que conocí, la familia debió acudir a una segunda opinión luego de recibir diagnósticos contradictorios y sermones sobre la vida y la esperanza durante tres semanas. Sólo cuando el esposo de la paciente firmó por su iniciativa una carta pidiendo que no se le suministraran más antibióticos a su mujer enferma —era claro que la capacidad de respuesta al tratamiento era escasa o nula y que el pronóstico de vida se limitaba a semanas o meses—, en el hospital reunieron al comité de ética para tomar la decisión. La paciente murió tres días después del acuerdo lógico desde el punto de vista médico y humano. Muchos de los recursos que hacen falta para atender las necesidades de pacientes con un alto potencial de recuperación terminan invertidos en pequeñas farsas con excesos diagnósticos para pacientes sanos o largas agonías para enfermos terminales sin posibilidad de expresar su voluntad. Por eso en Estados Unidos se ha hablado del “juicio sustitutivo” al que tienen derecho los familiares y de la teoría del “mejor interés” que busca encontrar el juicio de una persona razonable en las mismas condiciones de un paciente sin capacidad de tomar una decisión por sí mismo. Es urgente pensar en algo para que no sea necesario entrar al hospital con un plan de fuga y un testamento que invoque la muerte pronta cuando sea del caso.

 

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