Pedir perdón

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Los hechos recientes que han conmocionado al país demuestran la complejidad del perdón, pues pedirlo es tan difícil como otorgarlo. Lo primero implica convicción y lo segundo tiempo. Esta complejidad se evidencia en el inusual auge de solicitudes de perdón en los últimos días: tanto de la violencia desmedida que actualmente vive el país, como de los crímenes cometidos por las Farc.

El primer cuadro se dio el viernes 11 de septiembre y fue protagonizado por el Ministro de Defensa, Carlos Holmes. A través de un video, el Ministro pidió perdón: “por cualquier violación a la ley o desconocimiento de los reglamentos en que haya incurrido cualquiera de los miembros”. La puesta en escena de carácter institucional, sin víctimas y sin empatía en el lenguaje, hace que la palabra pierda sentido. El perdón no se decreta y no busca como protagonista a quien lo pide, sino que debe exaltar a quien puede otorgarlo. En este caso, las víctimas de los días anteriores, que para ese entonces eran diez y que no estuvieron presentes en el acto, en las palabras y en las emociones del Ministro.

El segundo cuadro se presentó el domingo 13 de septiembre y tuvo como protagonista a Claudia López. Con mejor decoración y con las víctimas presentes, la alcaldesa pidió perdón a los familiares de los muertos y los heridos; habló de reconocimiento e hizo énfasis en la necesidad de una reforma a la Policía Nacional. Sin embargo, el episodio de la silla vacía y la disputa política, opacaron a las víctimas. Ellos, que debían estar en el centro de la escena, terminaron como telón de fondo para ambientar un espectáculo de variedades. Cuando la solemnidad del perdón se confunde con la imagen que desea proyectar una institución, se corre el riesgo de instrumentalizar dicho momento; tal como ocurrió el domingo pasado, en donde se habló más de la silla vacía, que de las víctimas.

El tercer cuadro tuvo lugar el lunes 14 de septiembre. Ese día salió una declaración firmada por ocho comandantes de las Farc que suscribieron la paz en 2016. Allí reconocieron, sin ambigüedades ni matices justicieros, el secuestro como un crimen: “desde lo más profundo de nuestro corazón, pedirle perdón público a todas nuestras víctimas de secuestro y a sus familias”. El comunicado responde a la indignación que causaron las palabras de Rodrigo Londoño (Timochenko), quien hace una semana se refirió al reclutamiento de menores como “participación”. Y se suma al hecho protagonizado por Sandra Ramírez, senadora de las Farc, quien intentó pedir un abrazo de perdón a Carmenza López, cuyo esposo fue asesinado por la guerrilla. Carmenza López, sentada y mirando a la senadora respondió: “Nos daremos un abrazo de perdón cuando me digan la verdad”.

No hay una forma exacta para pedir perdón, y cuando se hace por obligación o conveniencia la intención se revela con facilidad. Por eso, en medio de este auge de perdón y violencia, llama la atención la declaración de las Farc; no por lo que dice, sino por lo que expresa: humildad, sensatez y voluntad. La importancia del comunicado no está en la solicitud de perdón, sino en el compromiso que hacen con las víctimas: “invertir cada día del resto de nuestras vidas a recomponer el mapa de los desaparecidos y a buscar sus restos para entregarlos a sus seres queridos”. Este es el perdón que requiere el país, pues no transfiere la responsabilidad de otorgarlo a las víctimas, sino que exige persistencia en las acciones de quienes cometieron el daño.

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