Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Pedro, James y Misael

Una vez más, James A. Robinson nos presenta un especial periodístico con grandes conclusiones. En esta ocasión sus “notas desde Apartadó y Cartagena” afirman que Colombia se divide en ciudades y periferia (lo rural).

La población se divide en élites de “tuxedo”, élites de orangután (las regionales), nerds —jóvenes educados y creativos de las ciudades— y campesinos. Usando la ya trillada propuesta de Vicente Castaño sobre llevar a los ricos por toda parte, el profesor sostiene que el campo se modernizará sin esfuerzos inútiles del estado, y que los campesinos migrarán a la ciudad a progresar a través de la educación hasta convertirse en nerds.

Con una seguidilla de generalizaciones apretadas sobre procesos en Estados Unidos, Inglaterra o Sudáfrica, anécdotas románticas y frases célebres (“la ciencia avanza con cada funeral”), Robinson cierra su argumento concluyendo que no hay ninguna lógica en perseguir un objetivo imposible como la restitución, con un estado técnicamente incapaz y unas élites regionales que no la permitirán: hay que rendirse, “la historia no es justa”. Cada niño con su ipad y su educación urbana asegurada construirá una nación moderna.

Tras una mirada muy rápida es posible darse cuenta de que en su propuesta omite dos cosas. La primera es, como ya lo señaló en una columna Luis Fernando Medina (http://www.elespectador.com/opinion/modernizar-los-modernizadores-columna-533339), citar a quienes ya tuvieron esas mismas ideas y mencionar que el estado, en distintas escalas, ya las implementó. Medina nos recuerda cómo dejar el campo a los ricos e impulsar la migración (o el escape) de los campesinos a la ciudad fue la base del pacto de Chicoral, que a su vez surgió de la doctrina propuesta por “el Partido Conservador de Misael Pastrana bajo la tutela intelectual de Lauchlin Currie”. Antes de eso, mientras Currie redactaba sus primeros informes sobre Colombia, ya ideas similares eran expuestas ante el Congreso por el entonces senador (y ministro de Agricultura y gobernador del gran Magdalena y del recién creado Cesar) Pedro Castro Monsalvo. En un debate de los que antecedió al intento de reforma agraria de Lleras Camargo, Castro propuso mejor una reforma urbana: “Más indispensable que hacer una reforma agraria es construir escuelas (…) más importante que una reforma en la estructura actual de la tenencia de la tierra, lo sería una que variara de manera fundamental la estructura de la propiedad urbana”.

A todos estos olvidos deliberados, Robinson agrega uno aún mayor: la historia ya no de las ideas sino de los propios actores. Su propuesta final es la de una modernidad libre de historia. Un verdadero borrón y cuenta nueva. Por esta misma vía, temas como el despojo y la violencia deben ser resueltos con altas dosis de indiferencia. La modernidad propuesta, acaso para que la nación no “fracase”, parecería que va emparejada, de nuevo, con un buen pacto de olvido. En esta visión, los campesinos ni siquiera están rezagados. El tema no es que su historia esté atrás, desactualizada. La realidad (Robinson nos pide que seamos realistas) es que toca borrarlos de la historia.

El problema con los colombianistas con importantes credenciales académicas, que se van volviendo referencia aplaudida obligatoria, es que tarde o temprano (y así hoy parezca ir en contra del gobierno) terminan en la nómina de algún diagnóstico: sus ideas convertidas en realidades puntuales.

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