Por: Fernando Araújo Vélez

Pedro Nadie

Fue el tedio, eso dijo, el tedio de la noche, de lo gris, de lo frío y del frío lo que lo sacó de su casa y lo llevó, séptima al sur, hacia el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, donde las luces de neón lo bombardearon con las palabras Piero, 8 p.m., Piero, 8 p.m.

Pedro venía con la mañana a cuestas, tarareó. Pedro arado, Pedro tierra, Pedro de la Juana, Pedro de la guitarra, Pedro Nadie, Pedro, Pedro. Hacía tiempo, años, que no iba a un concierto, a un toque, como les decían ahora, a un recital como los de antes. Sin meditarlo demasiado, se metió al teatro y volvió a canturrear: Se saboreaba un mate largo como el viento, Pedro arado, Pedro tierra. Aquella bien podría haber sido su canción, pensó Ricardo. Recordó fechas, 1970; ciudades, Río de Janeiro; imágenes, Piero, su pelo alborotado, sus gafas negras y gruesas, su guitarra y una entrevista para la televisión brasileña de entonces, cortada abruptamente después de que dijera “Es una lástima que por cuestiones de censura no puedan estar presentes Chico Buarque, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gerhaldo Vandré y tantos otros”. Media hora más tarde, varios gendarmes del ejército de Emilio Garrastuzu Médici le preguntaban por qué, por qué, por qué, y le pedían, amistosamente, que no volviera a pronunciar la palabra censura. Al día siguiente, contaría Piero, otros enviados le imploraban para que cambiara parte de la letra de su canción Pedro Nadie con la que iba a participar del Festival Internacional de Río, pues, dijo, le dijeron, los terratenientes se podrían molestar, más que nada con lo de la miseria.

Piero no cambió una palabra. Salió a cantar como si tal, y los estribillos más duros los entonó con mayor énfasis y con pausas, Pedro tomaba vino cabeza gacha, con los ojos profundos, contaba Pedro, de la Juana, de la chacra, del arado, de la miseria. El Maracaná reventó en aplausos. El jurado, Paul Simon, Ray Coniff, Carmen Sevilla y Augusto Algueró, le dio los principales premios, relegando a tipos como Nino Bravo, Ricchie Havens y Roberto Cantoral. Después vendrían otras historias que Ricardo evocó como flashes, hasta la de la noche del pasado viernes en Bogotá.

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