Por: Reinaldo Spitaletta

¿Pelea Santos-Uribe?

Debe haber asuntos de fondo, que alguien quiere que no se ventilen, para que el último año todo parezca dividirse entre el ex presidente Uribe y el presidente Santos, los dos, en esencia, la misma vaina y representantes de las mismas clases sociales en el poder. No faltan los payasos de turno que digan que las diferencias entre uno y otro podrían azuzar y darle cuerpo a una nueva etapa de violencia. ¿Qué se quiere ocultar?

Si por alguna razón se pretende hacer aparecer a los dos como seres distintos (claro, en el ejercicio del poder), el cuento no pega. Ambos han defendido a ultranza el Consenso de Washington, son dos discípulos aventajados del neoliberalismo, sus propuestas son idénticas y la aplicación de las mismas, también. Puede haber sutilezas, como que el uno es miembro de la rancia oligarquía bogotana; y el otro, de una élite antioqueña, con olor a mulas y caballos.

El uno puede lucir mejor el frac que el otro, mientras el otro es capaz de ir a horcajadas en una bestia de paso fino, tomando tinto y sin que se le derrame ni una gota. El uno puede gustar de la poesía francesa, al tiempo que el otro se sabe de memoria poemas de Robledo Ortiz o de verbenas de treinta y uno de diciembre. Sin embargo, en lo que tienen que estar de acuerdo, lo están. Es decir, en cómo aplicar de modo eficiente para los dueños del poder el modelo neoliberal, las relaciones de postración frente al Fondo Monetario Internacional y su prosternación a los dictados de Washington.

El gobierno de la denominada seguridad democrática dejó a los trabajadores sin derechos, sometidos a las ambiciones del capitalismo salvaje. Ni para qué recordar la reforma laboral que, bajo el sofisma de abrir más cupos de trabajo, dejó a los obreros y demás “camelladores” a la buena de Dios. O del diablo. Para qué, por ejemplo, volver a los asuntos de la salud, entregados al capital financiero y cuyos escándalos todavía no terminan. Fuera de cerrar hospitales públicos, la prestación de servicio a los usuarios se deshumanizó.

Con el de ahora, esos aspectos no han cambiado. No ha habido ninguna transformación en el sector de la salud. Por supuesto, el anterior fue un gobierno en el que campeó la corrupción en todos los terrenos, y muchas de las denuncias de la oposición en torno a los malos manejos, malversaciones, Agro Ingreso Seguro, en fin, quedaron en el aire. Hoy son tan evidentes los desafueros anteriores, que no le queda al de ahora más remedio que atender esos desfalcos y actos ilícitos.

Uribe se la jugó con Arias y Santos, sus ministros “estrellas”. El último,  ante una serie de circunstancias, resultó como heredero del trono. Sí, claro, puede haber entre ambos diferencias de forma, asuntos irrelevantes a la postre, como que el uno se muestra menos ordinario o con más refinamientos. Cuestión de estilo. Pero en el fondo, son cortados con la misma tijera que defiende los intereses del capital financiero, de las transnacionales, de los grandes consorcios económicos.

Sí, es posible que al de ahora no se le escuche decir “si te veo, te doy en la cara, marica”, pero su política (con toda y su prosperidad para quién) no es diferente a la de su antecesor. Es más, ha perfeccionado mecanismos para seguir a la sombra siniestra de Estados Unidos y su capacidad de servicio a la metrópoli parece más desarrollada que la del señor del Ubérrimo. Por ejemplo, se sabe que los TLC se suscribirán sin importar, digamos, las consecuencias gravísimas que tendrán para el agro y que los baldíos nacionales se los entregarán a monopolios nacionales y extranjeros.

De tal modo que decir que la presunta pelea entre Uribe y Santos puede llevar a una “nueva época de violencia” no deja de ser una payasada. Una especie de esguince o de tapujo a la gravedad de la situación de los desempleados, de los desterrados, de los desplazados, de los que, en efecto, la vieja y nueva violencia ha dejado en el más aterrador de los desamparos.  Y vuelve una pregunta: ¿cuál es la diferencia esencial entre uno y otro?

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