Por: Miguel Gómez Martínez

Peligro a la vista

LA FIEBRE POLÍTICA AUMENTA. YA entramos en pleno período electoral. Se van perfilando las opciones políticas en medio de un clima cada vez más polarizado.

En esta legislatura se discutirá un proyecto de reforma de las finanzas públicas territoriales. Es un tema complejo en lo técnico y peligroso en el plano político. En líneas generales los fiscos de los municipios y departamentos están hoy en mejor estado que las del Gobierno Central. El saneamiento de las finanzas locales es producto de un mejor control de ejecución presupuestal por parte de alcaldes y gobernadores, pero también gracias a la eficiente supervisión de los compromisos fiscales por parte del Ministerio de Hacienda y Crédito Público. Curiosamente, en la actual coyuntura, tienen más margen de maniobra para incrementar el gasto público los entes territoriales que el Gobierno Nacional.

A pesar de los avances registrados, las finanzas territoriales siguen dependiendo en forma sustancial de las transferencias del presupuesto general de la Nación. Un dogma intocable en la política colombiana es la bondad de la descentralización. Nadie quiere aceptar que tratar como iguales a todos los departamentos lo único que hace es incrementar las disparidades. Hay departamentos que se benefician mucho de las transferencias: Antioquia, Cundinamarca, Santander, Atlántico y Caldas son buenos ejemplos. Tienen capacidad de ejecución e instrumentos de planeación que permiten implementar proyectos y programas que mejoran la vida de sus ciudadanos. Pero hay un gran número de departamentos donde la descentralización lo único que ha generado es mayor pobreza y aumento en la corrupción. La realidad es que la descentralización, aplicada sin racionalidad, aumenta las diferencias entre las regiones prósperas y las regiones pobres de nuestro país. Basta con analizar la triste situación de Sucre, Nariño, Córdoba o Putumayo.

Esta realidad, que es inobjetable, genera escozor en el Congreso. Cada parlamentario, gobernador o alcalde quiere proteger su pedazo del ponqué de las transferencias y sobre todo desea verlo crecer. Como las finanzas públicas centrales están en un fuerte desequilibrio producto de la rigidez del gasto, el aumento de la carga pensional y las necesidades del presupuesto de seguridad, se abre camino la idea de reformar el sistema fiscal territorial para aumentar los impuestos de las regiones. Es saludable que el esfuerzo fiscal de los municipios y departamentos se incremente, pues ello genera mayor autonomía en la asignación de los gastos locales. Sería positivo que los departamentos y municipios disminuyeran gradualmente su dependencia del fisco central. Pero aumentar los tributos territoriales sin ajustar a la baja los nacionales sería un gravísimo error en período de recesión. Un ejemplo patético es el caso de Bogotá, que experimenta aumentos significativos en el predial y la valorización, lo que afecta el ingreso de sus martirizados ciudadanos, que viven cada día en peores condiciones.

Abrir la discusión de las finanzas territoriales en período electoral es ofrecer un banquete a los hambrientos e insaciables intereses de la clase política nacional.

 

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