Por: Ricardo Gómez Giraldo*

Peligro: redes que contagian

Las redes sociales nos afectan por su estructura y por su poder de contagio. Así lo evidencian investigaciones de sociólogos contemporáneos especializados en el análisis de dichas redes sociales en rigor.

En efecto, nuestra manera de ser, como el fumar, la obesidad y la alimentación, al igual que nuestras opiniones y sentimientos, son influidos y dependen de con quienes nos relacionamos.

Desde los 70, diversos investigadores demuestran que sólo se necesitan seis pasos para llegar a cualquier persona del mundo que no conocemos. Pareciera entonces que las ideas se transmiten fácilmente y dependemos mucho de los demás.

Legoff, uno de los historiadores más influyentes del siglo XX, afirmó que “las ‘cosas profundas’, la ‘psicología colectiva’, se ven influidas decisivamente por la evolución intelectual de las élites”. ¿Qué diremos entonces con respecto a su evolución ética?

Por ello preocupa el trato actual a casos como el de Interbolsa. Uno de los fraudes más grandes, continuos y mejor orquestados en la historia de la corrupción colombiana pareciera cosa olvidada, salvo en algunas publicaciones económicas especializadas.

Hace apenas unos meses, el presidente de una muy importante empresa fustigó a los empleados de otra reconocida empresa por comprarse unas neveras con un precio diez veces inferior al real, a sabiendas de que el almacén había errado al poner los precios. Fue muy valiente en denunciar a los avivatos que no tuvieron escrúpulos para pasar la voz y hacer un verdadero saqueo.

Por eso llama la atención que quienes en el pasado reaccionaron ante un fraude masivo de gente normal, empleados de una gran empresa, hoy guarden silencio ante el gran abuso de confianza que significa robar cientos de miles de millones, aprovechándose de la credibilidad social y de mercado, por ser grandes y reconocidos comisionistas de bolsa y lo que llama William Ospina “gente bien”.

Hay registros de los fraudes que en el siglo XIX hacían los más cercanos al poder santafereño, quienes se aprovechaban de su posición para obtener contratos de construcción de ferrocarriles que nunca se hicieron. Esto viene, pues, de tiempo atrás y desde arriba.

Luis Jorge Garay ya había advertido de que necesitamos la construcción de una cultura ética. Invertimos grandes cantidades de dinero en tecnología informática y en educar en contenidos (español, matemáticas), pero la práctica de una formación ética en la escuela, la universidad y la familia, para que los valores no se queden colgados en paredes o escritos en libros, no se ve en ninguna parte o no alcanza.

Uno de los mayores fraudes a la confianza pública, Interbolsa, no puede ser en vano ni quedar así no más, simplemente como otra noticia. Alguna reflexión debería quedar.

Interbolsa nos recuerda lo sucedido en la crisis financiera de Estados Unidos en 2008: el gobierno federal subsidió a los bancos con US$200.000 millones y los presidentes y miembros de juntas directivas se repartieron US$18.000 millones como premio por su “buena gestión”. ¿Hasta dónde aguantará el capitalismo la ambición sin límites y hasta dónde lo hará nuestro país?

Debemos preguntarnos, también, cómo fue la educación —tanto académica, como el entorno familiar y social— de estas personas, los gerentes de Interbolsa o los “constructores” de la calle 26 en Bogotá. Habría que conocer también qué otros aspectos incentivaron sus acciones y con quién se relacionaban.

A lo mejor existen redes sociales proclives al ascenso social mediante fraude a la moralidad pública. Más allá de nuestra impotente y a veces insuficiente indignación, debemos precisar si es posible cortar estas redes sociales y sus prácticas, además de cómo hacerlo.

De lo contrario, seguiremos en riesgo de contagio o a merced de los contagiados.

 

 

*Ricardo Gómez Giraldo

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2013-08-02T23:00:00-05:00

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