Por: Cartas de los lectores

Pena de muerte a una mula

En la crónica "China, muy drástica con el narcotráfico" (16-07-2011) informan que a un modesto extaxista de Cali, que fungió como "mula" del narcotráfico, las autoridades de esa nación lo condenaron a pena de muerte.

Por desgracia para él no logró coronar, lo cual le hubiese permitido regresar a su terruño con el dinero suficiente para solucionar los problemas que lo llevaron a osar la azarosa aventura que, para su desgracia y la de su familia, le resultó fallida. Tan drástico castigo, tratándose del máximo que se puede aplicar a un ser humano, debiera generar un rechazo mundial unánime, por lo exagerado, sin darle oportunidad de redimir la falta cometida con una expiación proporcional a la gravedad del delito.

El que se va a imponer, en este caso, linda por su crueldad con los que aplicaba el régimen de la Alemania nazi. Hace bien la Cancillería en solicitar la reconsideración de la pena impuesta a nuestro humilde compatriota. La defensa de la vida debiera comprometer, también, a organismos creados para la unión de los pueblos y la defensa de la vida y los derechos humanos, como la ONU y la OEA. Igualmente, por solidaridad con Colombia, pudieran aunarse al rechazo los países de Latinoamérica agrupados en la Unasur. Ojalá que el temor de que intereses en el mercado de China se puedan afectar, no lleve a algunos a guardar silencio ante tan grave afrenta al derecho de gentes.

Por otra parte, son los desaforados consumidores de productos ilícitos de países desarrollados, como algunos de Europa, Estados Unidos e incluso China, los causantes de que hayan surgido en el mundo esa proliferación de seres apodados como “mulas”. La mayor parte compuesta de hombres y mujeres que no son unos malvados dignos del peor castigo —como el que imponen en la China— sino que, por carencia de empleo, y complejas necesidades familiares, y sin antecedentes delictivos, se lanzan locamente a tan azarosa aventura.

Sus “arrieros” son los narcotraficantes y los “lavadores” de las divisas, que permanecen invisibles porque conocen cómo tapar los ojos de las autoridades, mientras ellos limpian el dinero y lo ponen a circular entre la gente de “bien”. Sería interesante que algunas ONG de cubrimiento internacional se preocuparan por investigar cuántos de estos infortunados seres pagan condenas en las cárceles de países distintos al propio, para ver si se logra un intercambio que alivie, al menos, el dolor de permanecer lejos de la familia.

Jorge Arbeláez Manrique

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