Por: Humberto de la Calle

Peñalosa-Mockus

LA RECIENTE DISCUSIÓN SOBRE EL apoyo de Uribe a la candidatura de Peñalosa es un hermoso caso de laboratorio que muestra los complejos linderos entre la ética y la política.

Comienzo por decir que la actitud de Mockus encarna un ejemplo de rectitud inusual y admirable. Una cátedra cívica. Prefiere sacrificar ventajas electorales en vez de renunciar a lo que piensa.

El problema es que este postulado inicial empieza a mostrar ciertas complicaciones a poco andar. La cercanía de Uribe y Peñalosa es cuento viejo. Y no fue obstáculo para que Mockus recibiera con alborozo el apoyo de éste, expresado con extrema generosidad a lo largo de su campaña presidencial. Podría Mockus argüir que la maldad que le atribuye a Uribe no lo contaminó gracias a la intermediación de Peñalosa, a quien no le formula reparos de tipo personal. Pero hay otro aspecto más problemático: Peñalosa demostró que fue capaz de gobernar sin someterse a presiones ni cuotas. Entonces la actitud basada en loables principios por parte de Mockus comienza a arrojar efectos secundarios paradójicos: podría terminar castigando a un candidato no politiquero, abriéndoles paso hipotético a otros más comprometidos con el tejemaneje tradicional.

Tiene razón Mockus cuando afirma que no todo vale. Que es reprobable la moral de líderes que entienden que la única regla de la política es el triunfo. Pero el problema no es tan sencillo, porque sin traspasar límites obvios de ética y decencia, en términos del bienestar general, puede ser más útil a los principios que se defienden un triunfo para llevarlos a la práctica, que una derrota de la cual se lucren movimientos menos sanos, dejando al partido sumido en una simple manifestación testimonial, en una especie de púlpito que no va más allá de la prédica sabia. La línea es difícil. Pero quizás el lindero puede ser este: no hay que perder nunca el trono moral, pero tampoco permitir que por inflexibilidades exageradas el trono termine destruido.

Otro aspecto que hace aún más complejo el asunto es que entre Uribe y Peñalosa no se ha celebrado un pacto a la vieja usanza, a base de cuotas y canonjías. La simple expresión de apoyo no compromete a Peñalosa. De tal manera que éste termina siendo condenado, no por actos suyos de mala gobernanza o de dudoso calibre, sino por acciones de un tercero que, repito, flotaban en el ambiente y podían ser presentidas de antemano.

Y, por fin, esta discusión también pone sobre el tapete el problema de la disciplina de partido y el tratamiento colectivo de los problemas. Se acepta que esa disciplina puede ser quebrantada en cuestiones de conciencia. Mockus ha planteado el asunto en ese terreno y, por lo tanto, en este punto sería coherente. Pero sin una alianza nefanda concreta, ¿es realmente este un caso de conciencia, de aquellos que permite la decisión individual?

Más allá de disquisiciones de ética política, lo lamentable de este episodio es que Peñalosa ha sido probado como gerente público. Mostró en la alcaldía capacidad de decisión y administración. Y lo hizo con sabiduría y limpieza, ostentando de manera sobrada su independencia. ¿No sería una verdadera lástima que, en momentos en que Bogotá se sume en el caos, su candidatura se vea políticamente inhabilitada por el apoyo de un tercero con el que no existe ninguna alianza maloliente?

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