Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Pensando en grande

De acuerdo con los diccionarios, la palabra colonización tiene al menos dos significados relacionados. Uno que hace referencia al establecimiento de una colonia por la fuerza en una tierra ajena. Otro que describe la situación en que cultivadores hacen su morada en un terreno sembrado. En ambas versiones la colonización se asoma hoy problemática, sus legados y continuidades no son sólo reveladores sobre el presente colombiano, sino que también apuntan a los días del año nuevo que casi comienza.

Dos procesos merecen quizás una mirada despaciosa. El primero, que inspira esta columna, nace de los coletazos de la colonización antioqueña en el bajo Atrato. El segundo, sobre la colonización cocalera que inicia en el piedemonte caqueteño y tiene su expresión más reciente en Nariño, ocupará la columna de la próxima semana.

El Plan de Desarrollo (2016-2019) del gobernador Luis Pérez, que se titula “Antioquia pensando en grande”, comienza con una cita del papa Francisco. “Les pido, pastores, que tengan olor a oveja”, comenta el gobernador insinuando que él es líder que guía a su pueblo y es del pueblo. Entre los 12 proyectos de este plan, tres buscan la “transformación de Urabá”. Además de mejoras en infraestructura vial, que acercarán al Urabá a Medellín, el gobierno proyecta inversiones portuarias de alta magnitud y sueña con una nueva ciudad. No una nueva ciudad sino, más bien, un conjunto cerrado muy grande, “un nuevo desarrollo habitacional e industrial que permita que la región sea atractiva”. Para ello Pérez ya ha visitado otros complejos cerrados en el país (como el megaclub privado Serena del Mar en Cartagena) para tomar ejemplos.

A través de estos proyectos, explica el mandatario, se pretende “dignificar a la comunidad”. Sin embargo, en las declaraciones sobre el mismo se insinúa que, más que para las comunidades que han vivido tradicionalmente en la región, el plan de desarrollo está orientado a nuevos habitantes. A rupturas con el pasado que impliquen la construcción de ciudades distintas. “Necoclí es un lienzo en blanco”, afirmó por ejemplo un funcionario. Y complementó: “En Turbo, tienen alrededor una infraestructura que puede ser aprovechada y potenciada”.

Los planes de Antioquia para el Urabá guardan así continuidades con aquella colonización antioqueña de comienzos de la república. Esta implicaba el movimiento de familias de la región que se reconocía como blanquísima, rezandera y echada para adelante a otras regiones que, al ser clasificadas como negras e indias, eran asociadas con atraso y turbulencia. Aunque cunde el mito de una fuerza paisa que a punta de trabajo arduo copó los territorios circundantes baldíos para mejorarlos, profesoras como Ca- therine Legrand, Claudia Steiner, Nancy Appelbaum y Mary Roldán han explicado cómo estos asentamientos vinieron con una serie de violencias y ejercicios de dominación, pues el territorio no estaba vacío.

Además de la fantasía de construir metrópolis desde cero en ciudades como Necoclí, habitadas desde el siglo XVI, la Gobernación se enfrascó este año en una pelea por la posesión del municipio de Belén de Bajirá. Al tiempo que entidades como el Agustín Codazzi fallaban en contra de Antioquia, el gobernador Pérez recogía firmas para arrebatarle el municipio a Chocó.

Por siglos, las poblaciones del bajo Atrato se han adaptado a la vez que han transformado y bloqueado las andanadas paisas. Enfrentando el asesinato de los líderes sociales de la región, en que hace presencia el Clan del Golfo, los gobiernos locales y comunidades seguirán haciendo frente a las iniciativas que, como la nueva ciudad y la indexación de municipios a Antioquia, desconocen sus historias.

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