Pensar con el deseo

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No nos queda de otra. Dado lo que está pasando en el mundo, es alarmante comprobar que a los ciudadanos comunes y corrientes sólo nos queda esa opción: pensar con el deseo. El equivalente laico de rezar. Porque, como están las cosas, cada uno de nosotros, seguramente, será contagiado por el coronavirus. Y, siendo así, sólo podemos desear que sus efectos sean, en el mejor de los casos, asintomáticos, o, con suerte, apenas leves y pasajeros, y, en cualquier caso, que ojalá no sean mortales. Es insólito pensar que nuestra estrategia de supervivencia dependa de esa palabra: ojalá.

Ahora que las economías del mundo están iniciando su apertura, eso ha enviado un mensaje en clave a la sociedad: ya pueden empezar a bajar la guardia. Pueden empezar a salir, ir al trabajo, ir a restaurantes, verse con amigos. Exponerse. Al bajar la guardia estamos abriendo las puertas para que el virus ingrese a nuestro hogar, y hay muy poco que podamos hacer al respecto.

Lo dije en mi primera columna sobre este tema. Conviene pensar en el virus como si éste nos estuviera tratando de meter un gol. La portería de cada familia es del tamaño de su vivienda. Y había que mantener una vigilancia extrema para impedir la anotación: desinfectando los domicilios, los zapatos y el correo; lavándonos las manos varias veces al día; asumiendo la cuarentena con todo el rigor y la disciplina posibles. Mientras que los vecinos y el resto de la comunidad estaban en las mismas, parecía factible atajar el gol e impedir que el virus ingresara a nuestro hogar.

Pero eso sólo fue posible durante unos meses. El mundo se hastió del encierro. Las presiones económicas son colosales y, si no se reactivan las economías, la gente se morirá de hambre. Unos países están mejor preparados para la apertura que otros, y están tomando pasos sensatos y graduales para evitar una segunda ola de contagios. EE. UU., México y Brasil, en cambio, son una trágica excepción: un manejo criminal de parte de sus líderes, que seguro se traducirá en miles de muertos más.

Siendo así, sólo queda confiar en la aparición de la vacuna. Y en este tema la persona a la que más le creo es Bill Gates. No sólo por su conocimiento del virus, con toda su abrumadora complejidad, sino por su aplomo y pericia, sus estudios a fondo del asunto, y por su compromiso real, cuantificable en cientos millones de dólares, en ayudar a inventar la vacuna. Él ha señalado y explicado muchas veces que con suerte la vacuna existirá en un año o dos. No antes. Por eso, como digo, sólo nos queda pensar con el deseo.

Porque no podemos impedir el gol durante tanto tiempo. Y menos con la gente empezando a salir de sus casas y el comercio en proceso de reactivación. Para no hablar de marchas multitudinarias de protesta. El contagio, entonces, es casi inevitable, y sólo nos queda pensar con el deseo, diciéndonos: ojalá que cuando mis hijos se vean con sus amigos ninguno de ellos tenga el virus. Y ojalá en la oficina nadie lo tenga. Y ojalá en la peluquería, en el mercado y en la farmacia nadie lo tenga. Y ojalá y ojalá y ojalá. Con el mundo abierto, y la cuarentena eliminada, y la sociedad regresando a cierta normalidad, y la gente saliendo a las calles, y la vacuna a un año o dos de lejos, dependemos de esa sola palabra: ojalá. Y eso sí da mucho miedo.

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