Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Pensemos en lo que nos divide

Casi siempre, las ideas tienen consecuencias. Por eso en ocasiones toca ser puntilloso. La alarma —genuina y legítima— ante el grado en el que se ha envenenado nuestra política dio pábulo a una narrativa que goza ya de aprobación amplísima: el país se encuentra polarizado, y por tanto todos los esfuerzos deben orientarse a calmar los ánimos y rebajar el flujo de adrenalina con unas buenas dosis de agua aromática y tono pausado y pontifical.

Debo decir que no tengo nada contra las buenas maneras y el equilibrio que preconizan diversos periodistas, expertos y pensadores. Nada se soluciona a punta de alaridos. De hecho, entiendo perfectamente bien que la calma e incluso aquel tono pueden tener un efecto positivo en un país que se encuentra sometido a tensiones brutales. Lo que me molesta es que la narrativa se basa en dos operaciones que ya van pasando su cuenta de cobro: una de falsas equivalencias y otra de simplificación maliciosa.

Falsas equivalencias: cuando uno habla de polarización supone que diversas fuerzas adoptan posiciones simétricamente extremas. Eso simple y llanamente no está pasando. Vean ustedes el debate alrededor de las candidaturas a la Alcaldía de Bogotá. López y Petro no llegaron a un acuerdo porque tenían diferencias acerca de la solución a los problemas de movilidad de la capital. Independientemente de las críticas o elogios que se puedan hacer a ambas figuras, es claro que su florero de Llorente fue un programa bastante mundano y moderado. Lo que Petro está esperando con ansias no es el fin del capitalismo, sino la inauguración del metro subterráneo. Que él y López diverjan de manera exasperada es signo de muchas cosas; no de polarización. En cambio, en la ultraderecha sí que tenemos un programa extremo —comenzando por hacer trizas la paz— y un lenguaje provocador que frecuentemente cae cerca del coqueteo —taimado o abierto— con el homicidio político. Esta semana, la vecina de columna Cecilia Orozco muestra muy bien cuánto de esto bulle en la base uribista, con apoyo explícito de algunos de sus principales dirigentes; muchos de estos han hecho llamados abiertos a armar a sectores de la población y han proferido toda clase de proclamaciones/insinuaciones violentas.

Pero la narrativa de la polarización también está construida sobre una simplificación maliciosa: nuestro problema es que no sabemos discutir, somos imprudentes y amargados. Fue a partir de esa premisa que el presidente Duque —quien ha hecho más que nadie por sembrar cizaña entre los colombianos— lanzó su llamado a “pensar en lo que nos une”. Convengamos en que a mucha gente le quedará difícil. No veo cómo pueda hacerse esta operación mental tan encomiable, por ejemplo, cuando están a punto de chorrear glifosato sobre mi cabeza y la de mi mujer y mis hijos. ¿La idea es que asuma los riesgos contando con mi poderosa serenidad y la garantía de los conocimientos de química de María Isabel?

O vean ustedes la primorosa cuña que pergeñó la Asociación Colombiana de Minería: salen unos jóvenes entusiastas y rozagantes, diciendo que van a arreglar las cosas, con un hashtag que clama: #LoQueNosUne. Pero cualquiera puede recordar que una de las actividades que más brutalmente ha divido al país en los últimos lustros es la minería. No por casualidad, tampoco porque sus personeros sean unos demonios, sino porque su inserción en un territorio necesariamente produce grandes transformaciones en la economía, en la ecología, en el espacio, en la política, trocando de manera dramática el elenco de ganadores y de perdedores.

Por todo esto, yo preferiría que más bien pensáramos seriamente en lo que nos divide. No para matarnos, ni siquiera para insultarnos —en todo caso una actividad harto más constructiva que la anterior—, sino para aprender al fin a construir disensos democráticos. Para eso se necesita paciencia, buena fe y una mínima correspondencia entre las palabras y los hechos.

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2019-08-01T15:25:21-05:00

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2019-08-01T16:32:47-05:00

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Pensemos en lo que nos divide

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