Por: Eduardo Barajas Sandoval

Peor siempre es posible

Las comparaciones ligeras, cuando no despóticas, entre países, son siempre desafortunadas.

A alguien dejan descontento, si no a todo mundo. Inclusive a quien las pregone, porque al atreverse a volverlas públicas, le llegarán reclamos de todas partes. Quien las hace asume de hecho un tono imperial, evidentemente antipático, en ejercicio de una auto-atribuida potestad de decir quién es mejor que otro. Infortunadamente no hay manera de transar las diferencias que estas comparaciones suscitan. Entonces quedan expósitas y sólo sirven para demostrar que es mejor no hacerlas.
 
En una reunión del prestigioso Consejo de Relaciones Exteriores, la señora Hillary Clinton, jefe de la diplomacia de los Estados Unidos, hizo una extensa reflexión sobre la actualidad internacional, tal como se ve desde su escritorio. En su intervención, cuidadosamente armada por el Departamento de Estado, y seguramente iluminada con su pensamiento demócrata, le dio la vuelta al planeta y retomó el discurso de hace un año, cuando apareció ante el mismo auditorio a presentar la visión de la administración Obama sobre la forma como cumpliría el propósito de ejercer liderazgo en un mundo cambiante.

En la sesión de comentarios, Carla Hills recordó que la Secretaria de Estado pronunció hace un tiempo un discurso en la frontera con México en el que afirmó que ellos, es decir los estadounidenses, tienen responsabilidad por las drogas que van al norte y las armas que van al sur, y le pidió que hablara un poco sobre las estrategias que desarrollará para cambiar eso y ganar amistades que pueden ser útiles en América Latina. 
Fue entonces cuanto Hillary, con la mejor intención seguramente, pero con aire de majestad, afirmó que la situación en México luce cada vez más como la de Colombia hace veinte años, cuando los narcotraficantes controlaban ciertas partes del país, al punto que, en uno u otro momento, el cuarenta por ciento del mismo estaba controlado por los insurgentes. Para completar, anunció que en México y la América Central se va configurando precisamente una insurgencia, y estimó que convendría pensar, particularmente para los países pequeños de la región, en un plan equivalente al Plan Colombia.

La cascada de reacciones no podía ser más dura para Hillary. Y para Colombia. Los mexicanos, sensibles al extremo en estas materias, reaccionaron a través de su vocero de seguridad nacional, quien afirmó que existen profundas diferencias entre el problema que enfrentó Colombia y el que afronta ahora México, en cuanto el nivel de penetración de las organizaciones delictivas en la vida política y económica es muy profundo en la primera, mientras que en su país "las reformas legales y la renovación de las instituciones que se está llevando a cabo es para detener precisamente el avance de las organizaciones criminales". Y, sin dejar de recordar que la demanda de drogas de ambos países se deriva del consumo en los Estados Unidos, agregó que en la Colombia de hace 20 años el capo del cartel de Medellín ocupaba un escaño parlamentario, algo que en México no sucede.

El Subsecretario de Estado para Asuntos Hemisféricos, Arturo Valenzuela, lo mismo que el zar antidrogas, Gil Krelikowske, se distanciaron de la señora Clinton y aclararon que lo que se da en México es una escalada de violencia, pero no una insurgencia. Varios senadores mexicanos se rasgaron las vestiduras y juraron jamás permitir un plan similar al de Colombia para su país. Pero el premio mayor, el golpe definitivo, para Hillary y para Colombia, provino de un dictamen de corte palatino del presidente Obama, quien dijo que "México es democracia amplia y creciente, con una economía creciente y como consecuencia no puedes comparar lo que está pasando en México con lo que ocurrió en Colombia hace 20 años".

Esa forma de hacer amigos, o de tratarlos, no pasa en Colombia de ser objeto de titulares pequeños. Curiosamente ahí sí aparecen diferencias ostensibles con México. Allá, el gobierno y la clase política se pronuncian con energía. De paso, aunque lo hagan más con al ánimo de defenderse que de atacar, contribuyen al desprestigio de un país con el cual no quieren ser comparados. Pero, en su propio interés, y para el ánimo de sus conciudadanos, consiguen al menos aclaraciones de las que merecen quienes mantienen la tradición de hablar claro, así suene duro. Aunque seguramente hay miles de estadounidenses ilustrados que tienen mejores opiniones de Colombia, de su sufrimiento y de su lucha respetable en medio de tantas dificultades, éste episodio sirve por ahora para recordar que peor siempre es posible.

 

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