Pepe (q.e.p.d.)

Le dieron bala a Pepe dizque porque no era de aquí; que era un infiltrado que no merecía ser nacionalizado por ser un cómplice del narcotráfico y que era un salvaje; que portaba enfermedades y que se tragaba a los demás.

Todas disculpas calumniosas que si tuviera deudos, Pablo Escobar quien sí sabía manejarlos, por ejemplo, bien podría entablar una demanda por calumnia a los genios representativos de nuestras entidades protectoras del medio ambiente, pero depredadoras del mismo; lo mataron para ocultar su incapacidad para manejarlo. Fue un “magnicidio” que esperamos no vuelva a repetirse. Así como el hipopótamo vino del África, el caballo también vino del otro lado, pero fue aceptado en otra época cuando no éramos tan salvajes; Pepe  no le hacía mal a nadie; llevaba años “residenciado”; no disparaba fusiles; ni comía carne porque era herbívoro, ni traficaba con drogas, ni era salvaje por el  solo hecho de no tratar sino con su familia que quedó reducida a una viuda y un huérfano. Lástima que nuestros soldados se hubieran prestado para la foto sin haber disparado, sólo cómplices de un positivo… inútil.

 Fabio A. Ribero Uribe Socorro

Descubre el Zelaya en ojo ajeno y no el Uribe en el propio

La dialéctica de Miguel Gómez, en su columna de julio 12, es conmovedora. Fustiga, con razón, a Mel Zelaya por haber violado la Constitución de Honduras, querer perpetuarse en el poder y desobedecer a la Corte Suprema de su país. Cualquiera pensaría que Gómez aplicaría el mismo razonamiento al caso colombiano en el que un presidente muy popular ha cambiado la Constitución, ha aterrorizado a las Cortes, se ha hecho reelegir en una ocasión y aspira a lograrlo en otra. Pero no, en el caso colombiano Gómez, como cualquier Zelaya, recurre al tan manoseado constituyente primario, y aprueba, sin rubores, las maniobras de quien quiere “romper las leyes para beneficio personal”.

La explicación de esta extraña dialéctica está en la idea de Carl Schmitt de ver la política como una oposición entre amigo y enemigo. Si tu enemigo quiere reelegirse, viola la democracia y debe ser depuesto. Si tu amigo lo quiere hacer, y lo logra, recurre al Constituyente primario. Dos cosas distinguen al pobre Mel Zelaya de Álvaro Uribe: que fracasó en su intento de hacerse reelegir, y Uribe no pudo haber sido más exitoso, y que las clases privilegiadas lo abandonaron cuando comenzó a coquetear con Chávez y con los pobres, y Uribe, claro, no ha cometido tan terrible error. La dialéctica de Gómez puede detectar el Zelaya en ojo ajeno y no el Uribe en el propio.

 Boris SalazarBogotá

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