Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Pequeñas antifiestas

Contemplamos la multiplicación de los horrores, frente a una opinión pública mundial anestesiada. El ejemplo más apabullante es la amenaza de destrucción nuclear de una nación entera enunciada por Trump ante las Naciones Unidas, una agencia creada precisamente para impedir que ese tipo de planes y actos pudieran concebirse. Si eso no es terrorismo, no sé qué pueda serlo. Claro: el loco Kim lo emula y provoca en la medida de sus fuerzas y capacidades.

Estos dos tipos podrían hacernos volar en pedazos. Pero mientras tanto pasan en nuestro entorno inmediato eventos positivos. No: no es un consuelo de tontos. Es solamente en ese entorno donde pueden empujarse cambios reales. Parafraseando la famosa fórmula: teme globalmente, pero persiste localmente.

Destaco aquí tres de esas “antifiestas” (ya verá el lector por qué el término). Primero: el acuerdo entre Robledo, Fajardo y Claudia López para en algún momento unir sus fuerzas y llegar al 2018 con una fórmula única. Se trata de tres candidatos excelentes. Robledo ha sido reconocido por tirios y troyanos como parlamentario formidable y serísimo; Fajardo y López puntean en los sondeos recientes que conozco, justo atrás de Vargas y Petro. Hablando de lo cual… La única manera de impedir una catástrofe política en 2018, es decir, la victoria de un partido corruptísimo y programáticamente violento, intolerante y mentiroso, que a través de uno de sus voceros más patéticos —el solemne cabeza de chorlito Rafael Nieto— ha declarado que “asumiría” el retorno de las Farc al monte, es con una alianza más amplia. Esto no resta importancia a lo de los “tres tenores”. De hecho se la agrega: es la cuota inicial de un proceso que está incluyendo ya a una porción significativa del voto de centroizquierda, de izquierda y de lo que podría llamarse la ciudadanía indignada. Pero con eso aún no alcanza. Es fundamental contar con una porción mayor del voto de estos tres nichos electorales. La invitación a De la Calle a entrar en el proceso es otro signo muy alentador de lo que se comienza a construir con el acuerdo anunciado. Según creo, si se logran superar desencuentros y diferencias reales pero secundarias frente al reto que se avecina, se podrían incluir más vertientes y construir una candidatura con un plante del 40 % de los votos. No una garantía de victoria, pero sí una ventana de oportunidad real para estabilizar al país, y empujarlo por la senda de la paz, la inclusión social y el desarrollo.

Segundo: la Universidad Nacional cumple 150 años. Celebró su sesquicentenario con un bello acto (me refiero al concierto con el grupo Herencia de Timbiquí, pero hubo varios otros). Desfinanciada, estigmatizada, con muchos problemas reales, la Nacional sigue siendo la principal universidad del país. Hoy, cuando se han puesto de moda los escalafones, queda de primera o de segunda en todos los que conozco. Es inverosímil que muchos tomadores de decisiones se nieguen ver esto por una combinación de frivolidad, prejuicio y miedo. Claro: falta mucho. Mucho. Pero la Universidad Nacional sigue manteniendo su doble característica de realidad fundamental y de promesa indispensable. Realidad, por lo que es para nuestra sociedad y nuestro mundo universitario y científico. Promesa, por lo que significa en términos de acceso a la educación y al conocimiento para todos los colombianos, independientemente de su posición socioeconómica: de mensaje público acerca de la importancia del estudio y del esfuerzo sostenido como mecanismo posible de transformación individual y colectiva.

Y tercero: Alonso Salazar acaba de sacar su libro No hubo fiesta. Sólo he leído la contracarátula, pero me encantó. No: la lucha armada, que se propuso como fiesta, no lo fue. No fue algo lindo, simpa, amable. Toca decirlo con claridad, con conocimiento y de manera descarnada: como sabe decirlo Salazar. Qué bueno que nuestro pasado inmediato se pueda evaluar desde la sobriedad y la prosa.

 

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