Por: Beatriz Vanegas Athías

¿Peras al olmo?

Una lengua tiene gramática y diccionarios, es decir, una codificación que pretende dar un orden al galopante ritmo de las comunidades hablantes que no cesan de incorporar términos y expresiones surgidas por necesidad o simplemente porque el hablante común y silvestre también crea analogías, metáforas e imágenes cotidianas. Como esa imagen visual y táctil que surge de la analogía al relacionar el barro espeso que llena los surcos en los que el buey se “atolla” (del verbo atollar o atascarse) y entonces, a partir de esta situación la crema de leche criolla y caribeña llamada suero (sí es de buena calidad) recibe el nombre de “suero atolla buey”) Así se conoce en ese país periférico que es el Caribe colombiano y así se ha propagado por el resto del país. Nada qué hacer la RAE en este caso.

El suero atolla buey es toda una creación lingüística y retórica que da brillo a la gastronomía colombiana.

Una lengua estándar como la nuestra, tiene (aunque no siempre lo hace) que subyugarse ante una autoridad que la valide. Hablo aquí de la Real Academia de la Lengua que en cada país rige de acuerdo a sus variaciones. Esta institución no siempre es ortodoxa, cuando se flexibiliza reconoce que los términos considerados errores lingüísticos son una realidad del idioma que, aunque no esté estandarizada, se hace necesaria para que la comunicación ocurra.

Una lengua tiene una variedad estándar, es decir, una capacidad para crear nuevos términos que validan el uso social y las decisiones políticas que se toman desde los medios masivos de comunicación. Así que una lengua es una variedad codificada, estándar y claro, autónoma. En esa confluencia de paradojas fluctúan desde siempre las lenguas y eso que aquí no hemos aludido a las lenguas de las etnias que también son hablantes de una nación.

Desconocer lo hasta aquí enunciado nos puede llevar a banalizar el debate sobre “todas y todos”. Porque una lengua no obedece sólo a la fonética ni a las normas establecidas por un estándar gestado por una decisión política y cultural como es casi todo lo que el ser humano hace. Sobrepasa incluso esto como esas otras realidades surgidas desde los nuevos roles y reclamos de la mujer. Pero esas realidades surgen en medio de un contexto colombiano absolutamente patriarcal, por ello, el tratamiento que se le ha dado a la conveniencia o no de usar las y los ha sido (en su mayoría) desde enfoques viscerales y emocionales, cayendo incluso en la burla y la parodia.

Lo que es evidente es que si surgió es porque el contexto lo está reclamando. El tiempo y la justa dinámica del idioma  se encargará de mostrarlo. Mientras tanto, a ese olmo que produce los frutos secos de la exclusión le resulta imposible hacer crecer las jugosas peras de la inclusión.

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