Por: Juan Carlos Ortiz

Perdí cálculo

¿Cómo olvidar hace mucho tiempo la sensación de estar parado al frente de un tablero ante la mirada inquisidora del 'profe' de matemáticas haciendo ejercicios de cálculo?

¿Cómo no tener grabado ese justo momento de alta tensión donde la adrenalina se apoderaba de una mano temblorosa tratando de escribir con una tiza en medio de un ataque de nerviosismo espiritual?

Años después me encontraba en el aeropuerto de Madrid listo para volar hacia Estados Unidos.

Me subí al avión y al sentarme en la silla sentí un pequeño pellizco en la parte inferior de la espalda.

Sin prestarle mucha atención al asunto me puse a ver una película durante las primeras horas de vuelo.

Pero el dolor proseguía y súbitamente empezó a incrementar y a expandirse por el resto del cuerpo.

¿Qué sería eso tan raro y tan fuerte? Algo que nunca había experimentado y menos encerrado en un avión durante un vuelo  de 10 horas. Mientras la molestia aumentaba profundamente, la cabeza empezaba a divagar. ¿Sería el inicio de un infarto?

Me empecé a sugestionar y obviamente a preocupar. La incomodidad era total y el dolor me vencía. Traté de caminar un poco por el pasillo pero una especie de cuchillo atravesó mi cuerpo y me tuve que tirar al piso para buscar una posición fetal que me protegiera de un dolor dominante y exponencial. Se acercó rápidamente una azafata y me preguntó qué me pasaba.

En plena contorsión en el piso le contesté que no sabía. Inmediatamente pidieron la presencia de un médico en el avión pero con tan mala fortuna que ninguno apareció. Tan sólo llegaron youtubers,  growth hackers, community managers, bloggers, influencers, generadores de contenido y otros perfiles del nuevo mundo que lamentablemente no podían aportarle solución a mi drama.

Me suministraron una pepas, las cuales ingerí rápidamente y en abundancia, tratando así de detener el malestar desenfrenado.

Y así pasaron varias horas de mi vida entregado a la impotencia y a una autosugestión que me consumía como una licuadora que mezclaba una delirante claustrofobia aérea con un dolor misterioso y desconcertante. Y así pasó el tiempo y el aguante anti sufrimiento hasta que finalmente la aeronave aterrizó.

Una ambulancia esperaba en el aeropuerto y velozmente me llevó a la sala de emergencias de una clínica donde, como una buena película, comenzaron los controles, las revisiones y los exámenes médicos.

Diagnóstico concluyente: cálculo renal.

Aprendí a reconocerlo y sobretodo a descubrir que hay algo peor que un cálculo renal: un cálculo renal en un avión.

La vida volvió a la normalidad. El cálculo salió, lo guardé por unos días como recuerdo morboso pero luego lo perdí. Oficialmente perdí cálculo y guardo la esperanza de no volver a recuperarlo nunca.

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