Por: Enrique Aparicio

Perdóname abuelita

Poner a mi abuelita en el circo romano, expuesta a cualquier tipo comentarios, resulta arriesgado.

Allá desde el cielo espero que me perdone lo que voy hacer: transcribir parte de uno de sus artículos -también tenía vena de escritora-. Nacida en una familia en parte italiana y educada en Francia, emigró a Colombia, a Barranquilla. Esto trajo de rebote que tuve el gran orgullo de conocer al costeño, su deseo de vivir, su comida deliciosa y, sobre todo, a respetar el espíritu francote que le ha dado a Colombia alegría, música y buena parranda, pues en lugar de sentarse con una vaso de whisky a hablar pendejadas, cantan, bailan y maman gallo, fuera de tomar whisky, claro. Recuerdo con enorme gusto Gaira, Villa Concha, Santa Marta, Barranquilla con sus carnavales y Cartagena. En Boca Grande mi tío Agustín Smith, el capitán de corbeta más joven de la marina en ese momento, tenía una casa cerca de la playa con una reja sumergida para evitar a los tiburones. Cada vez que me metía, pequeñito, me daba un susto del carajo no fuera que alguno de estos escualos, con lo inteligentes que son, ya hubiera aprendido a saltarla. Para no ir más lejos, según entiendo mi abuelo Agustín Smith, médico cirujano de la Universidad de Tulane, Nueva Orleans, llegó a tener consulta en Valledupar. El problema fue que nunca cobraba. Muy malo para la contabilidad.

La gente de la costa decía: “Cachaco, paloma y gato, tres animales ingratos”. Logré evadir ese filtro, de ahí que en el Gimnasio Moderno tuve siempre buenos amigos costeños o con sangre costeña, como un Martínez Barreneche, los Fuentes, los Ochoa: Mario, condiscípulo, un ser lleno de inquietudes, sensibilidad e inteligencia superior, quien murió tempranamente. En la universidad conocí a un vallenato inteligente y muy simpático del clan de los Murgas. Y ni se diga de un festival vallenato donde un pariente muy cercano me coló a una fiesta continua, espectacular. Alcancé a vivir la cotidianidad eufórica en la casa de Hernandito Molina, preciosa, estilo colonial. En esos días se servían tres tandas de desayunos. Y la familia Castro, que me acogió durante ese festival como si fuera su pariente preferido.

Para unirme a los costeños tuve que pasar las duras y las maduras. Mis padres me disparaban a la costa para las vacaciones largas sin pedir mi consentimiento. No era prudente tener suelto en Bogotá a este ser con energías sin límite.

En uno de esos viajes paseaba en Santa Marta por el camellón al pie del mar, donde todas las familias se reunían a las 6 de la tarde para chismosear. Iba con Helen, como se llamaba una costeña muy linda de mi edad, que me habían encomendado. Ambos de 14 años. Sus padres con las miradas o binóculos puestos en los dos. Yo todo un caballero hasta que llegó una gavilla de costeños. “Ay, miren al cachaco paseándose. ¿Oye, que haces aquí en Santa Marta? ¿Y tú lindita, qué haces con el cachaquito?” Sentí que el honor de Helen y el mío estaban al borde de ser lastimados. Me cuadré, como dicen, para pegar el primer puño y cuando vi la gavilla, eran seis, mayores que yo y bien alimentados – claro, arroz con coco, arepahuevo, butifarra, arroz con chipichipi, huevas de pescado, sierra frita, bollo limpio -. Lo único que pensé es: me van a matar.

“Ay se pone coloradito, como una manzanita”. La palidez no de una magnolia sino de la falta de sol en Bogotá, comparada con el bronceado de playa permanente, demostraba mis emociones al colorearse toda la cara por el miedo que tenía. No me moví, tenía que aguantar, no por mí, yo hubiera salido corriendo, pero por Helen. Además seguía en la misma posición de ataque porque estaba paralizado del susto y no podía mover un músculo. Me salvó la campana, pues el padre de Helen, literalmente, espantó a la gavilla. Después recuerdo haber tenido una buena amistad con algunos de ellos.

El artículo que voy a transcribir parcialmente lo escribió Mariana Cerruti de Smith en el Heraldo de Barranquilla hace muchísimos años. Fundadora y directora de la Casa de la Maternidad de Barranquilla - ya no existe ni un ladrillo de ese ideal -, una institución dedicada a acoger mujeres de escasos recursos económicos durante el parto. En mis vacaciones de chiquito ese lugar era un oasis. Mi abuela la organizaba con mano de hierro. No se movía una brizna sin su permiso. En lugar de un ambiente tristón y pobre había una energía especial, todo parecía funcionar. Limpia, con gente bien puesta. Era un gran caserón con patio central donde unos gatos salvajes se metían a horas tempranas de la noche. Fueron pasto de grandes broncas, en unas ganaban y los rasguños tenían que ser curados por alguna de las enfermeras, pero cuando ganaba yo, era gato encerrado. La energía de los 7 años.

El artículo se relaciona con la primera impresión que mi abuela tuvo cuando visitó la región del Loira en Francia.

Con tanta sangre que salpica en los periódicos, el tema es un manto de tranquilidad mental que ya nadie se atreve a escribir:

“Azay-le-Rideau, Agosto 23 de 1959.

Para mis queridos nietecitos.

El río más largo de Francia, el Loira, parece una cinta de espejo serpenteando la bellísima foresta de 45 mil hectáreas donde se encuentran las hermosas joyas arquitectónicas de sus viejos castillos, que tienen a la vez fortalezas y señoriales residencias, embellecidas por grandes artistas del Renacimiento. Los castillos de Amboise, Azay-le-Rideau, Beauregard, Blois, Chambord, Chenonceau, Chinon, Langeais, Saumur, Villandry y tantos otros… unos como hermosos sueños de arte se reflejan en las aguas del tranquilo río, otros, como tímidas doncellas se alejan un poco de la orilla para esconderse en el mar de esmeralda dela inmensa foresta. Todos esos castillos fueron construidos para reyes y príncipes... En el de Azay-le Rideau, llamado “La perla de los Castillos de Francia”, pasó un verano Charles Perrault, época feliz para su fama y encantamiento de todos los niños, con los lindos cuentos que escribió ahí.

En la tupida floresta de este castillo cazaban reyes, príncipes y grandes de Francia. Los añejos árboles invaden el lugar con sus frondosas ramas donde el sol, la luna y el viento pasan jugueteando como traviesos chiquillos; los millares de pájaros dejan oír un hermoso concierto; las ardillas trepan sobre los nogales y coquetamente comen sus frutos; los ciervos pasan como relámpagos, parecen perseguidos por perros y cazadores. En medio de este cuadro está la majestuosa mole del castillo donde cada pisada parece levantar el eco de un hecho histórico. Paseando por estos lugares me imaginaba ver a la Cenicienta corriendo perseguida por el príncipe y, sobre aquel escalón deteriorado por el tiempo, la linda zapatillita de cristal que al tropezar se le salió del pie.

En el bosque, en aquel obscuro rincón formado por la densa vegetación, me pareció ver al feo lobo; bajo un rayo de sol, a Caperucita recogiendo flores para el ramo de la abuelita y ¿a dónde conduce aquel camino sembrado de rosales en flor y lirios rosados y blancos? Por ese sendero, un apuesto príncipe se acerca a una hermosísima joven dormida que se despertó cuando él le dio un beso y la abuelita, como la bella princesa, se despertó a la realidad, aunque ni el príncipe ni la princesa estaban ahí, el espectáculo que se ofreció a sus ojos era tan bello que no dudó que una hada enviada del cielo había hecho tan maravilloso paisaje.” Mariana C. de Smith. La abuelita.

(Nota: Charles Perrault publicó Caperucita Roja, Cenicienta y La Bella Durmiente entre otros cuentos infantiles.)

Mariana Cerruti de Smith, 1959 /Enrique Aparicio Smith – Holanda, Febrero 2015

Para cambiar de tema pueden ver mi Youtube sobre un día de mercado en Holanda.

www.youtube.com/watch?v=mb4ckJinKnw
 

 

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