Por: Beatriz Vanegas Athías

Perdonar (I)*

Se pregunta Emmanuel Levinas: ¿no habrá otro modo de ser (de actuar) distinto a aquel en que para que unos pocos sean la mayoría no sea? Es decir, ¿no habrá manera alguna de evitar la violencia, el subyugamiento de unos pocos hacia unos muchísimos para que esos “unos pocos” sean felices? En Colombia hemos construido una nación llena de subyugamientos a partir del arma siempre efectiva del miedo. Se trata de un miedo a nosotros mismos, a nuestra propia condición de mestizos, de negros, de mujeres, de homosexuales, de indígenas, de campesinos, de habitantes de la Colombia más real, es decir, la rural, de pobres. Se trata de miedos atávicos (como afirma Martha Nussbaum), vergüenzas y ascos traducidos en narcisismo. El asco hacia nosotros mismos se proyecta entonces con la exclusión social y la violencia impertérrita. Pero no hay nadie más miedoso que el narciso, se descoyunta cuando teme dejar de ser el punto de atención, entonces agrede, enfatiza la violencia que lo tenía catapultado y que sostiene su discurso malvado en el que cree con fervor casi místico.

 Para estos seres narcisos (y para los que no también,  porque yacen inanes dejando pasar) es imposible el perdón si no se hacen conscientes de su pequeñez humana, porque perdonar es entrar dentro de lo que uno es, y no permitirse el acceso a nuestro propio interior hace que seamos incapaces de perdonar. Si no hay reconocimiento de todo lo violento que uno puede llegar a ser, es imposible perdonar. Porque en el fondo es un temor lo que embarga a quien ha causado dolor. Odiar y perdonar se muerden la cola. Frenar de manera consciente el círculo del odio a través del perdón es una decisión, y difícil y diaria como dice mi amiga escritora de la isla de San Andrés, María Matilde Rodríguez. Y es que en Colombia hay gente que parece que no tuviera otra alternativa que generar odio y violencia. Y eso es característico de quien se siente mesías, modelo, paradigma, ejemplo a seguir.

 La incapacidad para perdonar habría que buscarla en las connotaciones religiosas estrechas y tribales que le hemos dado al acto de perdonar. Por ejemplo, la amoralidad familiar de la tribu que nos lleva a concebir el error y la falla (y a no perdonarlo) pero en el otro que está fuera de mi clan, de mi familia, de mi círculo de afectos; pero entre familia, ahí sí nos perdonamos. Pura y escueta conducta de mafiosos, de narcotraficantes.

Otra mirada religiosa sobre el perdón que ha resultado en nuestro país óbice para hacer de este acto un pacto para restaurar la armonía, es que nos han hecho creer que el perdón es para la vida eterna, se trata de un perdón visto desde la meta historia. Y no hay tal: eso de que “no se preocupe mijo, dejémosle eso a mi Diosito que él todo lo puede”. No. El perdón es un proceso de restablecimiento de la confianza en el aquí y en el ahora. En un a historicidad concreta y diaria. El perdón es una alternativa para el bien común y para hallar (o construir) un espacio incluyente de convivencia en el hoy, no el futuro incierto e intangible.

Continuará…

*Esta serie de columnas sobre el perdón que hoy inicio son producto de afortunados diálogos con mi maestro, el sacerdote dominico fray Guillermo León Villa Hincapié.

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