Por: Beatriz Vanegas Athías

Perdonar (III)

Es muy común que los taxistas se hayan convertido en emisarios de la que ellos llaman la palabra de Dios. Tal vez se trata de hombres exhaustos y arrepentidos por largas estancias en el acto de maltratar a su pareja y a los hijos; hombres ahogados en la bebida y en la vida loca que ahora viven con un bulto de culpa y se autonombraron mensajeros del evangelio de Jesucristo. Suelen ser ultragodos, homofóbicos, guerreristas y seguidores de los que promueven la guerra. Pero se sienten liberados porque encontraron al “Señor”. Ellos son la encarnación de lo que René Girard llamó en El chivo expiatorio “la patetización del ser humano”.

El ser patético casi feliz con su destino fatal y de sufrimiento porque ha sido adoctrinado para crecer con el sufrimiento como estado constitutivo del quehacer diario. Ese patetismo se evidencia entonces en no responsabilizarse ante la historia por los errores y delitos cometidos pues no es un sujeto libre y capaz de asumir su infamia. La Iglesia católica ha hecho mucho daño en este aspecto con la creación de los mártires. La figura del mártir, esa persona que sufre o muere por defender su religión o sus ideales ha servido de modelo para sostener la institución militar promotora del mito del héroe. Y ambos, mártir y héroe, son el símbolo del hombre (macho, varón) que patrocina la guerra porque los muertos que se echa a sus espaldas no son producto de una venganza, ni mucho menos de un genocidio, no: son muertos necesarios, muertos que debían ser para alcanzar la paz.

Entonces, ante estos muertos necesarios aparece una ausencia de la ética de la responsabilidad. Y se transforma en una moral que me convence de que no soy responsable de nada, mucho menos de decir la verdad. Porque la verdad recuperaría el sentido laico e histórico del perdón: una vez que nos enteremos de quiénes hicieron el daño (la verdad) se perdona, pero quien agredió, quien violentó, quien subyugó, quien corrompió, quien desterró tiene que asumir su responsabilidad, debe pagar por ella. Porque se trata de un perdón laico y basado en los derechos humanos, no en leyes esgrimidas por la interpretación acomodaticia de preceptos ahistóricos o divinos. ¿Para qué estudian Derecho —pregunto a mis estudiantes de lectura y escritura— si finalmente piensan que todo hay que dejárselo a mi Diosito lindo?

Se trata, en consecuencia, de un perdón basado en los derechos humanos, en la dignificación del otro a quien dañé; un perdón como oportunidad para restaurar los principios humanos de convivencia.

Hoy 8 de octubre, uno de los expresidentes que más daño ha hecho a Colombia, Álvaro Uribe Vélez, y que representa el no perdón y la guerra personificada, tiene la oportunidad de —al menos— responder por dos delitos. Ojalá la Corte Suprema de Justicia logre que este personaje sea consciente de la pequeñez humana que entraña a aquellos a quienes ven imposible pedir perdón y asumir su responsabilidad histórica.

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