Por: Fernando Araújo Vélez

Lo permitimos

Nos acostumbramos a que nos impusieran una sola forma de vida: estudios, matrimonio, trabajo, familia, dinero, éxito, y nos matriculamos en una especie de viaje sin retorno cuyo destino era tener, acumular, ganar, aparentar.

En ese recorrido, nos bombardearon con periódicos que defendían sólo una postura, la de la eterna oligarquía, y con una televisión, sólo una pese a sus múltiples canales, que arrojaba chismes, insulsos realities, engolosinados amores, noticias amañadas y la promesa de que la felicidad podría comprarse. Nos acostumbramos a tener en vez de ser, “amigo cuánto tienes cuánto vales”, como cantaba Jorge Villamil.

Nos acostumbraron a vivir según antiguos preceptos y no nos dimos cuenta. Luego, ya inmersos en esa vorágine de reglas impuestas, de dogmas, absolutos, mentiras y ajenas conveniencias, lo permitimos. Fue más fácil acostumbrarnos que rebelarnos, y preferimos la imposición, seguir las viejas tradiciones, las herencias, a decidir sobre nosotros mismos. Creímos que si obedecíamos tendríamos una recompensa, y preferimos que nos dictaran el bien y el mal, en lugar de debatir ese bien y ese mal y concluir que no hay Bien ni Mal en mayúsculas. Era más complejo, más difícil desgarrarnos y descubrir nuestro propio camino. No tuvimos la valentía de enfrentar ese dolor.

Nos acostumbramos a la indolencia, a no concebir la vida como sagrada, a pasar de largo si veíamos un cuerpo echado en el pasto, a pisotear, a hundir, a hacer de la competencia un culto, a callar ante las imbecilidades de algunos para no caer en el conflicto y a considerar que el conflicto era una invitación a sacar las pistolas. Nos acostumbraron a pensar sólo si ese pensamiento era redituable, a estigmatizar a los místicos como locos, a los trascendentales como mamertos, a los religiosos como fanáticos, a los estudiosos como aburridos y a los rebeldes como resentidos para eliminar la posibilidad de que tuvieran algo de razón. Y lo permitimos y lo multiplicamos.

 

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