Por: Lorenzo Madrigal

Pero lo van a matar

La piel aún se me pone arrozuda cuando recuerdo el extraño ímpetu con que corté una conversación de amigos para decir: el presidente del 90 no será Galán, ¿por qué?, ¿tú ya no crees en él?, me preguntaron, sí creo, respondí aturdido, pero lo van a matar. Veinte puestas de sol más tarde sobrevino la fatídica noche de Soacha.

Han pasado veintidós años, las investigaciones parecen concluir, una grave condena ha sido proferida. De mis contertulios de entonces dos han fallecido, uno de ellos D’Artagnan. Otros quedan y podrían atestiguar aquel presagio, pero no vale la pena, mi intención ahora no es la de mostrarme como consueta del futuro ni como ave agorera.

En Colombia no ha habido presidentes muertos por asesinato, pero sí grandes hombres próximos al poder: Arboleda, Uribe, Gaitán, Galán, Gómez Hurtado. Tal vez haya habido otros más, pero ninguno como éstos con las posibilidades exactas y las cifras contadas para acceder al mando.

De leer el libro de Enrique Gómez (¿Por qué lo mataron?), con los testimonios de su hijo Enrique, secretario de Álvaro, se infiere que escaldaba al Gobierno de entonces la posibilidad de que el perenne candidato conservador, como líder más visible, pudiera ser el sucesor. Lo que podría ocurrir de una forma o de otra; se temía un golpe de Estado, así no fuera ésta una idea de Gómez. Tampoco el autor señala a nadie en particular como el asesino o asesinos.

Y es que resulta difícil categorizar a los contradictores, en estos episodios, como asesinos. Yo no lo hago; me parece imposible y aberrante imaginarlo. Que alguien como uno, que viste y calza, que se anuda corbata y se afeita diariamente, sea capaz de suprimir la vida de un semejante, de cortar de tajo una inteligencia, una voluntad y un estilo alterno, generalmente ejemplar.

No sería juez de esta república ni de ninguna otra, por supuesto. Rechazo toda violencia, pero no sabría cómo reprimirla o castigarla. Sólo creo en las opiniones, en los alegatos, inclusive en los judiciales, preferiblemente antes de los fallos, porque éstos cierran toda discusión; pienso que las actitudes dicen tanto como las palabras, creo en la fuerza de la verdad, en el veredicto de la historia, en el rastrilleo del humor, en el poder supremo de la justicia. Y creo en Dios.

Asesinaron a Luis Carlos Galán, con quien dialogué; a Gómez también lo tuve cerca de mí y de mi discreta circunstancia, en algún momento. Conocí de niño a Gaitán, nos firmó a mis hermanos y a mí una libreta que se nos manchó de sangre. Estoy conmovido. Es claro que no terminó la primavera con la supresión violenta de Galán, el presidente (casi lo fue). Ahí están sus ilustres renuevos que el país sepa proteger, para bien, no sólo de ellos, sino de Colombia y de cada uno de nosotros.

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