Por: Felipe Restrepo Pombo

Pero sigue siendo el Rey

De todas las cosas que he escuchado sobre Michael Jackson en la última semana, un detalle ha sido lo más revelador.

Lo relató el corresponsal de CNN que cubrió el juicio de 2005, en el que Jackson fue acusado de abuso sexual. Contaba el periodista que durante el proceso, la fiscalía proyectó el polémico documental de Martin Bashir —Living with Michael Jackson, de 2003— en el que el cantante decía, entre otras cosas, que no tenía nada de malo dormir con niños. En el documental también aparecían escenas de los conciertos y los videos de Jackson. Y, al parecer, durante esos momentos, todos los presentes en la sala, incluidos los jurados y los abogados, empezaron a mover los pies y las manos al ritmo de la música e incluso a tararear las canciones.

Es una historia difícil de creer, pero estoy seguro de que es cierto. En primer lugar porque nada relacionado con Jackson puede ser realmente increíble. Pero, sobre todo, porque la escena resume lo que fue su existencia: un espectáculo sin igual en medio de la desgracia.

No estoy de acuerdo con quienes dicen que Jackson fue un personaje nefasto. “Una figura repulsiva (…) que no era otra cosa que la caricatura macabra del niño perdido en su descenso hacia el irremediable declive final (…) un despreciable ser humano que puede ser cualquier cosa menos una figura para exaltar” como dijo, para no ir más lejos, la columnista María Elvira Bonilla hace unos días en este diario. Creo que fue un tipo atormentado y que nunca pudo superar el hecho de que sus miserias —los invito, por ejemplo, a que vean la entrevista en la que cuenta cómo su papá lo golpeaba a los 13 años por tener acné— fueran parte del dominio público. Creo que se inventó sus extravagancias —incluidas la más grave de todas: sus inapropiadas relaciones con niños— para poder escapar de su infinita tristeza. Y sí: gracias a su fortuna las pudo llevar hasta las últimas consecuencias.

Michael Jackson no fue un monstruo, a pesar de la mascara grotesca que cubría su rostro. Creo que lo monstruoso fue el morbo con el que tanta gente siguió el show de su vida: ansiosos por saber cuántas cirugías se hizo, si le compró un Ferrari a un chimpancé, si dormía en una cámara de oxígeno, si inseminó artificialmente a su esposa o si masturbó a un niño.  

Lo que no hay que olvidar es que cambió la esencia de la música popular y la forma cómo funcionaba la industria discográfica. Con sus bailes, sus conciertos monumentales y sus shows deslumbrantes —los invito, de nuevo, a que vean sus presentaciones en el Superbowl de 1993 o en los Premios MTV, para apreciar su genialidad— llegó a un punto que difícilmente será alcanzado por otro artista. Y, de paso, ayudó a cambiar la manera como los negros eran valorados en Estados Unidos.

A pesar de ser un freak, Michael Jackson ayudó a que el mundo fuera un lugar un poco más entretenido.      

 

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