Por: Hugo Chaparro Valderrama

Perrícula hidrofóbica

Sorprende la multiplicación de los ‘perrometrajes’ en Latinoamérica y su efectividad para describir un entorno donde la violencia y su crudeza parecen comerse a dentelladas a sus protagonistas.

Desde el final de Los olvidados (Buñuel, 1950), cuando el Jaibo sueña en su agonía que escapa de la vida igual que un perro fugitivo, los canchosos, los chacales de la calle, los que sobreviven con mordiscos y en batallas sin cuartel, se convirtieron en una referencia emblemática de nuestra miseria urbana. Años después la carnicería asaltó al público cuando se estrenó Amores perros (Iñárritu, 2000). La ‘perrada’ en la película de Iñárritu sugería en el fondo la misma pesadilla del Jaibo: antes de que vengan por mí, me llevo/engaño/asesino a unos cuantos.

Un canibalismo implícito en otro título que sugiere: Perro come perro (Moreno, 2008). Aquí el drama lo conducen los perros mayores que deciden el destino del resto de la jauría: los dueños del poder; los que condenan, persiguen, se vengan de sus enemigos y mueren en su propia ley o, quizá, sobreviven de milagro. Un modelo proveniente del cine de gángsters, reinventado en esta película donde no hay posibilidad de tomar aliento en el vértigo de la tragedia.

La cinefilia es evidente por la forma que define el estilo de Perro come perro. La tradición del crimen hecho cine está aquí vampirizada con sangre nueva. El guión es vigoroso; los parlamentos cortantes; la dirección de actores —notable en el caso de Marlon Moreno y Óscar Borda—, hacen de Peñaranda y de Benítez dos personajes excepcionales y auténticos en el panorama del género. Se trata de un nuevo episodio acerca de Colombia vista como un campo de batalla canino, que involucra al espectador hasta que el misterio se resuelve.

La factura visual recrea el calor, la incomodidad y la neurosis que marca el rumbo de los asesinos. A la apariencia de frialdad en la oficina donde permanece el Perro de Todos los Perros, el mafioso en su trono (Blas Jaramillo), se opone el aire color tabaco de la ciudad donde la muerte recorre su laberinto. El trópico hecho escenario de brujerías, supersticiones, rezos e incertidumbres, hace todavía más inquietante la fuerza de un destino que se comporta de manera sobrenatural.

Lo padecen Peñaranda y Benítez honrando la fórmula de la pareja dramática que se contrasta para enriquecer mutuamente la dimensión de cada personaje. La claustrofobia del hotel y la situación que los domina; los labios sutilmente fruncidos de Moreno y la aparente frialdad de Borda —desquiciada progresivamente por los hechizos—; los detalles que construyen la psicología de un personaje mostrando su radiografía emocional sin la trampa de la sobreactuación, revelan el paisaje interior de los asesinos a través del rostro, la gestualidad corporal y la sequedad de sus diálogos.

La atmósfera está cargada de emociones contenidas en medio de los excesos. El salvajismo vs. el autocontrol se relacionan de manera paradójica con un equilibrio tan precario como enfermizo. Sabemos que hay un miedo latente por el que es inevitable desmoronarse y sucumbir al caos. Una amenaza que puede surgir de manera inesperada, a la manera de un gigante de circo que durante toda la película ha llamado insistentemente al hotel preguntando por una mujer que no encuentra. Más temprano que tarde llega como un mensajero de la fatalidad a la habitación de los asesinos para vengar en ellos su desesperanza. Una situación que se suma a las continuas perradas de los protagonistas hasta que son devorados por ellas.

Perro come perro quedará en la memoria del espectador con la energía de una pesadilla. No sería extraño: el guión y el ritmo de su puesta en escena nos muestran a los perros de la ficción reflejando la ira de los perros agazapados tras la pantalla de la realidad.

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