¿Cuáles son los desafíos de una generación consciente?

hace 52 mins
Por: Beatriz Vanegas Athías

Persiste la esperanza: 17 años de Ulibro

La descentralización de las ferias del libro que intenta desintegrar ese centro elitista que es la Filbo puede leerse como la persistencia de la esperanza en un país golpeado por la falta de imaginación y la incapacidad para imaginar salidas a una tradición de obsolescencia. Se sabe, pues, que hay ferias en Montería, en Cúcuta, en Cali, en Pasto, en Medellín, en Barranquilla, y aunque la pleitesía que se rinde a los escritores bogotanos (o que habitan la capital) persista, estos son espacios para que los escritores de siempre se fijen en que no son sus voces y propuestas las únicas y mejores de la literatura colombiana.

Son otros tiempos, aunque sean los mismos. Se entrelazan y desencuentran las ficciones fundadas en los numerosos países que habitan Colombia y bueno es entender que de las ficciones emerge y corre sangre simbólica, lo que equivale a decir sangre palpablemente derramada. Ello fue evidente la semana pasada cuando ocurrió Ulibro, la feria que organiza la Universidad Autónoma de Bucaramanga desde hace 17 años. Fue la persistencia de la esperanza para que mucha gente corriera detrás de los escritores, bailara, comprara libros, se tomara fotos, alardeara con ese objeto que transforma al rectángulo y al cuadrado en mil formas.

Es una manera nueva de romance esta del comprador de libros (que no lector, porque suele suceder que se adquieran libros para estar a la moda), no obstante lleva implícita esa seña colombiana de la no sencillez y el constante alarde. Aunque también hay quien muestra un caminar pausado y emprende el recorrido por los stands como quien lleva en la mano el mapa con las indicaciones rigurosas para encontrar el tesoro. Y lo encuentra. Y suspira. E indaga en su cartera y acaricia ese papel (o el plástico, también rectangular) en el que muchos creen como se cree en Dios. Entonces paga y brota la sonrisa en, al menos, dos rostros. En fin, que comprar libros y escuchar a sus autores no garantiza que se rompan las cárceles elegidas, como afirma Doris Lessing, pero es una esperanza de que ya no es tiempo de tragar enteros tantos sapos. La lectura está más viva que nunca porque se ha diversificado: subtítulos de películas y series, hora y media escuchando a dos conversar o a uno discursear.

Entonces, una puede amar a alguien con mucha intensidad por una hora o por dos mientras lo escucha o la escucha disertar o hablar sobre un tema. A mí me pasa sobre todo con las escritoras que admiro. Y con los escritores también, claro, pero menos. Y ese amor se manifiesta en una profunda alegría que recorre el cuerpo al ver que la otra emplea este bello y complejo idioma español con tanta lucidez y justicia; y a medida que enlaza una idea con otra, sobrevienen el asombro y la curiosidad por saber que más dirá. En ese tiempo del amor también hay lugar para un desvío hacia el desamor momentáneo, como si el amor y lo bien que se está pasando necesitara de esa palabra piedra que te golpea, esto se compara entonces con una caricia mal administrada o un beso exacerbado. Pero luego se retoma el ritmo.

Uno ama durante una hora o dos con ese amor que te hace llorar, así como se llora después y por un gran y redondo orgasmo cuando oye las palabras justas, las bien dichas, las que iluminan esas sombras que son los tópicos y los clichés y los desnudan mostrando que estamos hechos de lugares comunes, que somos un pobre país sin imaginación y con un gran idioma. Entonces una se siente viva y esperanzada, así como el momento ese en que se levanta de la cama y va toda sonreída y despelucada a orinar al baño después del amor.

Y entonces, cuando termina de escuchar al amado o a la amada, una la sigue amando, pero de manera apaciguada, a la espera de que sobrevenga otra vez un encuentro que es un no encuentro porque es a través de los lazos lejanos (cercanos) que teje la sabiduría y la justicia de la palabra bien dicha.

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